2007
El Maña acababa de salir del penal de Chimbas;
le dieron su libertad con condiciones un martes cuatro de febrero a las diez y
cuarenta y cinco. La liberación también resultó sorpresiva para él aunque la
había estado esperando durante seis años. El día que pasó lo que pasó el Maña
había hecho lo mismo de siempre. Se había puesto las zapatillas, las bermudas, una
remera usada del día anterior y así salió a la calle con un poco de hambre pero
lo solucionó de inmediato encendiendo un cigarrillo. Miró el cielo ya casi sin
estrellas y caminó tranquilo hacia su trabajo. El humo le pegó en los ojos y le
corrió una lágrima. En la "esquina colorada" estaban los de siempre,
intercambiaron algunas palabras sobre la noche y se despidieron. El Maña trabajaba
en una panadería durante el día. La primera vez que estuvo cerca de un horno se
quedó encantado con los rudimentos del mismo y consideró que era una actividad
sumamente atractiva para la imaginación de cualquiera. Eso lo arguyó mientras
le ayudaba a transportar ladrillos a un cumpa bolita que tenía en esos días. Al
boliviano lo había conocido de pura casualidad una noche, cerca de un bar donde
unos desconocidos tomaban. El Maña se había acercado tímido y algo humilde a
preguntar zonceras, pero lo que le interesaba era intervenir en aquella bandita
que a lo lejos se veía divertida y bulliciosa. Él era joven en esa época,
verdaderamente joven. Aquella noche se fue estirando entre presentaciones y
anécdotas hasta que el día los sorprendió a todos de golpe, un poco borrachos y
algo cansados. El bolita se alarmó notablemente porque hacía como una hora que
hubiera debido estar en su lugar de trabajo y no, seguía allí, charlando y
bebiendo. El Maña le preguntó si podía acompañarlo y el amigo nuevo dijo que
sí: que si su gusto era estar en las puertas del infierno él no tenía problema
en proporcionárselo. Así, el Maña conoció por primera vez un horno de cerca.
Entre aquellas sensaciones de cuerpos trasnochados y de experiencias nuevas el
Maña se quedó trabajando gratis sin emitir ni una sola palabra. La mañana
transcurrió tranquila como nunca hubiera imaginado que pasaba en esos casos.
Había dejado la escuela dos años antes, porque
le iba mal; según él, no comprendía y además estaba seguro que nada de lo que
le dijeran le serviría en la vida. En esa vida que él vivía las cosas de la
escuela no servían. Tampoco tenía trabajo en aquellos días, en parte porque no
lo había buscado y en parte porque no sabía que trabajo buscar. ¿Qué tarea
podía desempeñar alguien a los dieciséis años? Aquél día, en el horno de
ladrillo, por primera vez el Maña sintió algo nuevo, una sensación de alegría
sencilla que lo fue llevando, dentro de aquél vaho silencioso y ardiente, a
preguntar al capataz si él podría hacer algo allí. Expresó calmado y alucinado sus ganas de
trabajar en esos hornos mientras el capataz lo miraba como para comprarlo,
hasta los dientes pidió que le mostrara. El Maña no entendió mucho de que se
trataba, pero hizo todo suponiendo que eran requisitos para conseguir el
trabajo.
Durante esa noche, el boliviano y los otros se
burlaron de la parsimonia que el Maña había exhibido mientras era observado por
el capataz. Una semana le duró el puesto de ayudante que le habían asignado. Lo
mandaron directo a apisonar la tierra, a rayarla, a cernirla; nada de hornos,
nada interesante. Se sintió desmotivado y el lunes siguiente ya no volvió a los
hornos de ladrillo. Pero la suerte lo andaba arrinconando y en menos de quince
días alguien le dijo que en la panadería del barrio hacía falta un peón que
manejara el horno. Él no sabía en que consistía el trabajo, pero estaba
dispuesto a aprender si hacía falta y eso no era poco. El dueño de la panadería
era un hombre bueno que lo fue educando en las artes de la horneada. Al cabo de
un año supo hacer de todo: amasar, esperar la liga, cortar las partes, vigilar
el horno, ¡vigilar el horno!
Aunque el trabajo era mucho el Maña se fue
entusiasmando, tanto que ya casi no salía a changuear de noche, tanto que casi
no se juntaba con los de la esquina a tomar bebidas. El día que el dueño de la
panadería lo condecoró con el título de medio oficial panadero y le avisó que
iba a subirle el sueldo el Maña sintió que su vida comenzaba a rumbear lindo.
Tenía lo que había querido tener, plata, un trabajo firme y un horno donde
mirar arder las llamas, eso era todo. El Maña estaba feliz hasta con los
horarios de entrada, a las cinco de la mañana el cielo era otro cielo decía él
a los muchos que le reclamaban sus cambios de hábitos; porque el tiempo fue
pasando y desde hacía un año el Maña se acostaba temprano, única forma posible
de escuchar el despertador a las cinco de la mañana. Ese día salió de la
panadería con zapatillas, con bermudas, con ganas de conocer a alguien nuevo
para contarle, porque los de la esquina no entenderían lo que estaba sintiendo.
En su casa no encontró a nadie. Se bañó, se fumó un armado en el fondo y se
volvió a sentir feliz nuevamente; tanto, que recordó una novia que hacía mucho
tiempo no veía. Decidió que sería lindo caerle de sorpresa, visitarla como
quién se reencuentra con un amigo de la infancia. No pensaba en los silencios,
ni en el tiempo transcurrido, tampoco pensaba que ella tal vez no querría verlo;
el Maña no pensaba demasiado las cosas. El Maña le recordó quien era y se sentó
en el cordón de la vereda a mirar la gente que pasaba.
Mariela también había cambiado, se había teñido
el pelo de un color claro, la vio más linda que antes y se sorprendió al notar
lo bien que lo trataba. Él le contó de la panadería, del horno y se guardó lo
del ascenso para más tarde, por si había una mejor oportunidad. La invitó a
bailar al Club Atlético de la Juventud, una banda iba a tocar en vivo música
para divertirse; él estaba feliz y quería festejar su suerte. Ella accedió sin
más, se cambió de ropa, se puso unos tacos altos y se pintó los labios. El Maña
estaba encantado con aquella princesa
que en un momento sería su compañera de fiesta. Ambos se sorprendieron
con el reencuentro, con las miradas nuevas bordadas sobre antiguas oteadas. La
noche avanzó maravillosamente hasta que Mariela se encontró con alguien, el
Maña se quedó a un costado a esperar que ella resolviera sus cosas, era
evidente el asunto del que se trataba y él decidió no entrometerse para nada,
estaba demasiado feliz para perturbarse, sabía que esas cosas nunca terminan
fáciles y no quería, no tenía ganas...
Mariela y su acompañante discutieron un buen
rato, mientras él fue a buscar algo para tomar y se sentó a esperar la
resolución, inmediatamente se dio cuenta que podía quedarse sin Mariela de un
momento a otro, pero estaba dispuesto a irse a su casa al costo de evitar
problemas. De igual modo él tendría que irse antes de la cinco de la mañana, y
ella no estaba obligada. Mariela se sintió conturbada, el Maña la trataba de
una forma tan rara que no pudo más que compararlo con aquél que la increpaba,
la empujada y le reclamaba su compañía, su ropa provocativa.
Aquél hombre ofendido y descorazonado lo miraba
fijo a los ojos al Maña, y él no se le quedaba callado, con la mirada lo seguía
fieramente de una punta a la otra de la fiesta. Mariela le advirtió que su
amigo era muy violento, que no le siguiera los pleitos porque siempre andaba
armado. Ella se preocupó en exceso y eso la fue obligando a tomar un vaso de
vino tras otro sin respiro. El clima se enrareció notablemente, la música en
vivo de la banda se hizo más y más audible al punto de picotear los tímpanos y
aún más adentro. La noche avanzaba lentamente y el vino se apuraba a
desaparecer de la botella pese a que el Maña se empecinaba en mantenerla llena.
Ambos salieron del Club Atlético de la Juventud zigzagueantes; caminaron de la
mano por la orilla de la calle hasta llegar a la casa de Mariela. El Maña era
un caballero y en la puerta le quiso agradecer con un beso la compañía. Ella le
aceptó de mil amores y olvidó lentamente los compromisos afectivos contraídos
con anterioridad. Sin notarlo fueron cruzando la entrada, en el portón entre
abierto se dejaron oír los murmullos de los besos; el Maña notó que Mariela
casi no podía dar cuenta de sus actos y decidió retirarse de la casa porque el
tiempo fue pasando y se acercaba su horario de entrada a la panadería.
La mañana siguiente se hizo
pesada a falta de sueño, pero el Maña estaba contento y cantaba una canción de
amor sin pretensiones cuando el dueño de la panadería le preguntó algo y él
encogió los hombros. Le respondió que seguro se equivocaban porque él hacía
mucho que no changueaba de noche, seguro se equivocaban. El dueño de la
panadería lo observaba con los ojos desorbitados a punto de no creer, pero ¿cómo
no hacerlo?
El policía le preguntó si conocía a Mariela, él
aseveró sin miedo que había salido con ella la noche pasada, que luego la había
acompañado hasta su casa y que allí se despidieron. No le dijo de los besos
porque no le pareció cosa de hombres andar hablando de eso. El policía le
explicó el caso con detalles: ella lo acusaba de haberle quebrado las manos,
Mariela dijo que él le había apoyado las manos por el dorso en el vano de la
puerta y luego las había apretados hasta quebrar todos sus dedos. La acusación
era grave y con tantos testigos la sentencia condenó sin más el hecho de
violencia. Así, el Maña estuvo seis años guardado, imposibilitado de hacer lo
que más le gustaba en la vida: vigilar las otras puertas del horno.
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