domingo, 6 de julio de 2014

Galería de Arte

Él Joaquín, yo Lola.

Pocas palabras, pero precisas, ya sabíamos al primer cruce que nos gustábamos. Tomamos todo lo que quedaba en las copas y fuimos a bailar. Desde el principio nos encantó saber que estábamos unidos por el gustó de lo diferente, es decir, dijo él: Me fascina ir a todos los sitios, ver todo tipo de gente, saber de los encantos de las mujeres de todas las tierras, en fin ya me conocerás de apoco o de a mucho, como te plazca. Lo decía mientras me tiraba de la mano por entre toda la gente hasta la terraza, porque todo el lugar daba a una gran planicie que acababa en acantilado.
Y así fue que esa noche se extendió durante todas las noches del tiempo. Después de salir de la fiesta, desayunamos y  tomamos un bus para ir a la playa, que no estaba tan lejos. Llegamos ahí, nos desnudamos y nos metimos al mar durante toda la mañana.
Mientras todo eso pasaba, creció el romance entre ambos y, como en los buenos romances, él la llevó a su cama y ella lo llevó a su vida. Él era pintor, pero no lo supe hasta que desperté un poco atontada por la fajina de toda una noche y vi que había un cuadro donde se retrataba una mujer semejante a mí durmiendo desnuda, envuelta en sábanas blancas. Me encantó la idea de haberme liado con un pintor y la fascinación subió por mi piel directa hasta mi alma.
Él perdió la calma y empezó a gritar, entonces supe que perdía la calma demasiado rápido. ¡No, no pinto mujeres desnudas y dormidas tan a menudo, pero no sé cómo hacer que me creas!
Estaba gritando. Se calmó un segundo y me pidió disculpas. ¡Ya sé lo que haré!, dijo agitado y me agarró de la mano igual que la noche anterior y me llevó a una habitación. Sentí un poco de miedo pero igual fui con él. En la habitación había cientos de cuadros: colgados, apilados, en estantes; él los sacó a todos y pude ver que lo que decía hasta hacía un momento era cierto.
Pasamos a un cuarto intermedio, para calmar las aguas mientras pasaban los días, pero ya se veía que ni yo era una niña sumisa, ni él un simple leñador. También se veía que no nos separaríamos tan rápido. Las relaciones son fugaces, los trabajos son fugaces, hasta los días son fugaces. Aunque la historia siguió, pero debo pensar cómo seguirla contando, pues los hechos se precipitaron demasiado como para azotarlos contra el papel tan violentamente.
El romance se llenó de una intensidad poco usual, nos necesitábamos todo el tiempo y por muchos días no nos separábamos ni por un minuto. Lo acompañaba en todo momento, mientras pintaba, lo miraba, lo admiraba, lo seguía con la mirada, observando y presintiendo cada detalle, cada variación de color, cada sensación visceral que le urgía desde dentro. Salíamos poco, muy poco, algún momento al día para hacer compras, o algún rato por la noche para caminar en la playa. En esas caminatas asistíamos a un embrujo imposible, que sabíamos imposible, pero al que estábamos seguros de pertenecer. Nos mirábamos, sintiendo las fibras más fuerte de nuestras almas, teniendo certezas de humanos recorriendo la faz de una tierra hecha para nosotros. Algunas veces vivíamos el día intensamente, otras el día nos vivía a nosotros sin darnos cuenta y así, sin notarlo, todo tomó una dimensión de ensueño que por momentos nos mareaba y por otros nos llevaba a un cielo de otro color. Me quedé preñada. Él pintó un retrato por mes, para que su hijo supiera lo hermosa que su madre se veía embarazada.
Teníamos dinero de más y esperábamos al niño con una auténtica cuna de oro que Joaquín había hecho hacer a un orfebre amigo; estrictamente basado en un diseño principesco. Mientras tanto los gritos continuaron y los episodios, mezcla de violencia, pasión y amor eterno se sucedían demasiado rápido como para que alguno de nosotros notara lo nefasto de la historia. Los motivos no importaban, por celos, por los horarios, por las noches, por los días que se consumían poco a poco nuestras vidas. Era una historia de amor mortificado, que empezó hermoso y devino en tragedia.
El parto fue terrible, en una noche terrible. Llovía a cántaros y tronaba que daba miedo. Yo gritaba, a él lo sacaron de la sala de parto y le dijeron que esperara lo peor. El parto viene malo, rece para que al menos salvemos a uno de los dos, si tengo opción ¿qué prefiere? dijo el médico. ¡Escoja rápido que no tengo tiempo para perder con su mujer ahí dentro!
¡No sé... no puedo…! Por último: salve a la mujer, dijo él. Con la duda atroz de no saber si era eso realmente lo que quería.
Decidía y decidía cosas en esa noche de mierda en que todo ese hospital lo aterraba y lo hacía perder la paciencia que no tenía. Al final lo peor, el niño muerto y la mujer viva, apenas, pero viva. Se quedó paralizado, hablando solo, como loco. Ya estaba loco de antes y lo sabía, pero lo encubría diciendo que no era loco, que era pintor y ya se sabe, todo artista tiene algo de loco. En realidad ellos piensan, se engañan pensando que no es que estén locos, si no que la gente no los entiende. Es que los artistas ven cosas que los demás no, había dicho un crítico y el Joaquín se lo había aprendido como a la Biblia que nunca leyó. Entre tanto, una enfermera conmigo en la camilla, llena de tubos y con suero en vena hacia una habitación. Me miró pero apenas si pude... estaba muy débil y me iba a llevar mucho tiempo componerme. Fue la última vez que lo vi. La sala de partos se quedó vacía y Joaquín aprovechó, entró rápido y vio en una bandeja algo lleno de sangre. Se le acercó despacio y lo miró, era un bebé, su bebé que no lloró, que se murió antes de largar el primer alarido. ¿Habrá sufrido o no? ¿Sé habría muerto justo al cruzar la línea de fuego o antes? Hacía preguntas sin sentido que nadie respondió. Había terminado de pintar el último cuadro embarazada por la noche, antes de los dolores. ¡Qué importa si se murió antes o después, se murió igual y ya nunca va a llorar! Seguro que pensó en los nueve cuadros y pensó que tenía que pintar ese episodio; temió olvidar al niño, a su hijo. Lo envolvió en unos trapos y se lo llevó. Afuera la lluvia seguía terrible, paró un taxi y se miró espejado con el niño en brazos en unos vidrios, ¿se dará cuenta éste infeliz que llevo un niño muerto? Quizá no. Para disimular le habló, habló mirando el bebé todo el tiempo, casi no soportaba seguir mirando la cara del bebé, durmiendo un sueño demasiado profundo, pero se esforzó y por fin llegó el auto hasta la casa. Le pagó al hombre como tres veces más de lo que le pidió, un billete manchado con sangre, el taxista le gritó para que lo escuchara entre la lluvia y los truenos. ¿Está bien usted? Y a ti qué te importa, Joaquín le contestó. El taxista lo denunció. Corrió a la casa. Puso el niño en la cama y trajo el cuadro, tenía un montón listo, con la base blanca para los raptos de inspiración. Encendió diez velas y empezó a pintar el niño muerto en la cama, en las sábanas blancas manchadas con sangre, envuelto en el trapo sucio del hospital. Después se dio cuenta, y dijo ¡no! Trajo otro cuadro y le quitó el trapo sucio al niño, lo dejó desnudo, con los brazos abiertos, boca arriba, tranquilo, como si durmiera y lo volvió a pintar. Nadie hubiera entendido cómo pintó dos cuadros perfectos en el tiempo en que se consumieron las velas, igualmente nadie más que él y el cuerpo del niño lo supieron. Entretanto, en el hospital, se dieron cuenta que faltaba el niño muerto. Avisaron a la policía pero les costó bastante encontrarlo, pues no tenían ni dirección y yo seguía  inconsciente. Al final dieron con la casa y con el niño muerto. Cuando entraron rompieron la puerta. No era para tanto, pero Joaquín se había quedado dormido, de la emoción, del miedo, de la angustia, de todo, al lado del niño, como acompañándolo en su hora final de muerto entre los vivos, como si estuviera vivo y él lo durmiera, a su lado. Ellos entraron, ya era de día y miraron los cuadros: el del niño, los dos donde el niño estaba retratado. Pero también miraron ese otro cuadro: el de la cama, el del hijo muerto y el padre vivo, sobre las sábanas blancas, manchadas de sangre, la cera corrido por todo el piso y el olor inmundo a carne humana descompuesta. Tomaron al niño, lo pusieron en una bolsa. Con mucho esfuerzo despertaron al padre, pero Joaquín no entendía nada, hasta que se vio con las esposas. Gritó descontrolado, que él no lo había matado, que había nacido muerto, que no lo tocaran, que sacaran al niño de la bolsa, hasta que uno de los policías con poco saber de psicología le cayó encima con un puñetazo que le rompió la nariz y lo calló un rato. Lo llevaron a la jefatura y le hicieron exámenes. No está drogado, pero se droga, tiene los brazos machucados, dijo el comisario, luego se le acercó a Joaquín sabiendo todos los datos posibles y le preguntó por qué tenía la nariz rota. Suspendió por bestia al policía que le había pegado ¿y a él? Le dio el pésame y lo dejó libre. Un mes y medio tardé en volver a la casa blanca, él jamás fue a verme, entré con mi propia llave. En la casa no había nadie, ni nada, ni Joaquín. Sangre en el piso y cera de velas. Yo sabía poco de la historia, sólo que la noche del parto él se había llevado al niño y que a la mañana siguiente los habían encontrado, ni una palabra más nadie me dijo. No entendía, no podía entender, pero tampoco nada me asombraba. Busqué en la policía y allí me anoticiaron de todos los detalles del caso. Esperaba de él cualquier tipo de delirio.
Pasaron tres años, nunca supe nada de él, ni de nadie. Sólo muchísimo trabajo y dormir, es decir trabajaba para tener un lugar dónde dormir. Un día leí sobre una exposición. El volante decía: uno de los pintores más famoso, muestra en la Galería Salvador Dalí. Tres días solamente, veinte, veintiuno y veintidós.
Era el día veintidós. Caminé despacio, tratando de no llegar, pero estaba a cinco calles y por más que dilaté la caminata al fin entré. Estaba como siempre, flaco, medio sucio, vestido de blanco, con la mirada perdida en un cuadro. Me acerqué sin que me viera venir y me fui aturdiendo al ver tantos cuadros con mi cara, con mi cuerpo embarazado. En cada uno un escrito, mes uno, mes dos... mes nueve, pero la secuencia seguía y  ya no pude incorporar lo que vi. Era el bebé y yo no lo había visto hasta ese día. Dos cuadros con el niño dentro, uno con un trapo, otro sin él, sin inscripción, luego otro, el lienzo en blanco, sin pintar. Me quedé muda, me dejé caer en un rincón, escuchaba ecos que decían, -oye qué tremenda imaginación, qué escena terrible-. ¿Habrá tenido en verdad un niño ahí? Una mujer se le acercó a Joaquín y le dijo: pero es que esto que ha pintado usted es terrible y de muy mal gusto. Señora, váyase a la mierda de mi muestra contestó él. En ese momento junté fuerzas para hablarle. Comencé a caminar hacia él. Él me miró. Se dio la vuelta y caminó hacia atrás para no..., Y retumbó el eco en toda la galería, en los vitrales, en los oídos de las personas, en el corazón roto de Joaquín, en mis propias entrañas estériles. Y después un silencio, los ojos de la gente sobre mí, todos supieron que la mujer embarazada del cuadro era yo. Nadie se animó a nada, ni a irse, ni a quedarse. Él volvió la vista y me miró durante una breve eternidad. La distancia entre nosotros creció, creció hasta el infinito. Me acerqué hasta uno de los cuadros, en dónde el niño estaba sin el trapo, lo descolgué. Él enloqueció de furia y gritó. ¡No te atrevas a llevarte a mi hijo! No dije nada, proseguí con lo que hacía. Descolgué el cuadro y me lo llevé, mientras caminaba, aterrada, temiendo que me lo quitara, me quitara algo que era también mío, que no sabía que existía, pero no, él no dijo nada, no hizo nada. La gente en la muestra permanecía inmóvil, como atornillada al instante, como parte del drama, del que nada sabía, pero todo imaginaba. Los cuadros fueron valuados en mucho dinero y él un pintor famoso, los vendió a todos, hasta al del niño. Lo supe por el diario, no lo entendí, también supe que se dejó uno, el que estaba en blanco. Quién hizo la crítica de la muestra dijo: maravilloso, fascinante, contundente. 
En letrillas negras, acotó al margen: excentricidades del pintor, los artistas ven cosas, que los demás no.
Jueves. 20:58 hs. 30-3-99. Soy o fui, Lola Cutraen.



Incomprensión fundamental

2009

Pensarás que no te entiendo y es cabalmente cierto.
 En mi andadura he encontrado un preciso sueño. He seguido (al pie de la letra) tu decálogo amoroso y me ha conducido hasta la tumba. Desde allí te pido explicaciones ¿Por qué interrumpes mi silencio? Desde el mármol me devuelvo sobre mis pasos hacia mi propio sino. No accedo a dejarte atravesar mi arte con tu presencia que destella hasta contaminarlo todo.
Ganarme, ha sido el vellocino de mi batalla y hoy tu amor amenaza mi mejor obra.
Soy un hombre de barro que teme a la tormentosa lágrima más que a cualquier espectro.
No dejaré que tu hálito abrace mi corazón. No dejaré que tu tacto atolondre mis sentidos.
 Pido al dios del olvido que me salve de la insistencia de tu recuerdo.
Ojalá te demores en el jardín con flores y la primavera reemplace al resto de las estaciones. La conquista de mi corazón límpido de mácula he logrado, y ahora quieres desterrarme ¿por qué te empeñas así en mi contra?
Como la hermosa Helena que jamás envejece, peligro hay en desatar las furias, ya sabes eso.
Concedo la renuncia que me inmola, no anidará amor tampoco en mi ombligo y así seguiré siendo un hombre de corazón libre.

jueves, 26 de junio de 2014

LOS CAPRICHOS DE LA DONCELLA

२००९
Cuando llegue el vehículo partiré. El temor y la muerte son un matrimonio controvertido que suele alimentarse de vigorosa vida; por eso, en ocasiones suelen tomarla sin previo aviso. 
En esos casos pueden escucharse ruidos de piedras golpeándose entre sí. Con el transcurrir del tiempo, la tierra que habito ha visto muchas cosas. Los primeros pobladores fueron hombres de habilidosas manos y mentes. El modo en que ellos encauzaron las aguas fue dando paso al cultivo de una agricultura frondosa y bien llevada.
Los registros de los antiguos libros dicen que el maíz es a la raza aborigen lo que el arroz a los chinos. La ingeniería hidráulica, según cuentan esos mismos volúmenes, luego se ha hecho un lugar en las academias, pero lo que aquí tuvo naciente fue transmitido en forma oral por algunos que entendían del oficio de arrear el agua.
En los altos valles andino los hechos suelen precipitarse tan raudamente como lo hace una piedra que desde lo alto transita rumbo al precipicio. Creo que el vehículo que se llevará al muertito que yace en el suelo debe estar al llegar. Lo he adivinado en el camino hace largas horas y no entra en la línea visual como era de esperarse. El hombre que recibió la orden de venir en su busca también recibió, de palabras del hermano menor, las causas del mal que lo aquejaba antes de subir hasta aquí. La ruta de tierra guía hacia el camino de acceso y aunque muchos alcanzan el sitio no todos regresan. Este que tengo aquí es un caso.
Hace un tiempo comenzaron a llegar los hombres nuevos, queriendo encontrar el oro que la montaña tiene escondido. Pero las alturas no son fáciles y nada pueden hacer con sus vehículos. En cambio, deben buscar a don Ruarte y pedirle que les alquile las mulas; también deben pedirle que los guíe. Él hace ambas cosas para su beneficio y, sin saberlo, también para el mío.


II-
Los primeros habitantes de este lugar ¾la tierra siempre tiene sus llegados en primer orden¾, fueron los Capayanes, gente mansa y de corazones pacificados, tal vez por el agua, tal vez por la altura, ¡quién sabe!
Después..., todo fue tragedia y terribles vientos soplaron en disfavor del Jefe Atahualpa y mío; en la actualidad a veces siguen soplando furiosos. También corrieron la misma pena los otros que estaban en el pueblo y que fueron cayendo uno a uno muertos a manos de los dirigidos por el foráneo.
Atahualpa era un gran Jefe para todos, de corazón humano y de cuerpo recio. En la reunión de los consejos obraba en beneficio de todos y las ancianas y ancianos de la tribu, a pesar de su cortedad, le tributaban respeto. Ocasionalmente le consagraban la sangre de algún animalito, ponga que por caso era un cabrito y, aunque esas prácticas no eran del todo bien vista por él, de igual modo las agradecía.
Luego ellos recorrieron el continente y llegaron cabalgando desde lejos, acusando a todos de esconder el tesoro acumulado a propósito de expropiarlo. Mentían de una forma descarada, pero nada pudo detenerlos.
La furia de no hallar el tesoro los embraveció de tal modo, que a todos dieron inmerecida muerte. Nadie aquí supo dar testimonio certero, excepto yo; pero ellos no entendieron mis palabras mágicas, las alegorías de la muerta que habla. Mi lenguaje proviene de la profundidad telúrica y danza en el aire con forma de doncella.
El día en que el Jefe de nuestra comunidad fue tomado prisionero supo que el macabro lo mataría de cualquier modo; entonces fue que con un mensajero me hizo llegar un destino salido de su garganta.
Me comisionaba para que junto a dos ancianos, uno de ellos conocedor del sendero y otro conocedor de la lengua, partiera en caravana para trasladar el tesoro, para proteger gran parte del oro reunido por órdenes del verdugo. Así lo hice y ataviada con el ajuar que estaba destinado a la ceremonia de unión ante las diosas, emprendí el camino hacia Achango. Lamentablemente no pude lograrlo, los ancianos murieron en el camino y en la soledad de la responsabilidad adquirida, me detuve en una tierra cercana. Arreando la carreta llegué a un paraje en el que pude apreciar vestigios de los antepasados venidos con anterioridad a conocer la montaña.
Anclé un campamento en un margen derecho del camino y con mis propias manos cavé durante días bajo el sol quemante. Al finalizar el trabajo y, habiendo ya sepultado aquél tesoro que en todo se asemejaba a mi amado, me desvanecí allí mismo afectada gravemente por el cansancio.
Desde entonces emerjo desde las profundidades de la tierra para indicar el camino a los arrieros, pero ellos me temen y se aturden con mi presencia. Por eso ahora sólo aparezco en la lejanía. De tanto sentirme temida he aprendido los conjuros y me he amañado de lugares dilectos que no quiero compartir con ninguno que por aquí pase. Son de mi pertenencia y yo a esta tierra pertenezco.

III-
Los muleros son gente callada, no entran en intercambios de palabras con los extranjeros fácilmente, pero a fuerza de necesidad trabajan para ellos. Por esa razón, cuando alguno llega en su busca para subir a la montaña a realizar experimentos con la tierra, don Ruarte y los otros no se hacen de rogar para tomar el trabajo.
Al amanecer emprenden el rodeo por el camino de Angualasto; van lento bordeando la hondonada, siempre del lado derecho. La travesía es cansina y trabajosa porque se empina la altura de tal forma que hasta los animales al cabo de un rato se apunan.
Cuando llegó vivo él que aquí se tumba en el suelo, hizo todo como corresponde: Buscó a los muleros, hizo el trato, les entregó el dinero; al otro día muy temprano todos partieron montaña adentro.
Don Ruarte sabe del manejo y cuando el caballo por primera vez se espantó y no quiso pasar por el estrecho que lleva a la cuesta del viento respetó al animal, porque supo comprender que era el miedo el que lo había afectado. Hizo bien el bicho, hizo bien don Ruarte, pero el extranjero se burló de los procedimientos cuidadosos y emprendió en su mula contra toda advertencia que versaba claramente sobre la imposibilidad de hacerlo. Los muleros ni siquiera miraron para donde el hombre se empecinó en acomodar la mula. La primera corcoveada del animal lo botó al suelo y de allí se levantó blasfemando y maldiciendo la tierra que nada había hecho. Los muleros apenas si lo atendieron y siguieron el curso de la contratación hecha de antemano como quien sigue a una mula.



IV-
Cuando la noche comenzó a avecinarse detuvieron la marcha. Algo hablaron por primera vez en el día y decidieron prender el fuego. El extranjero hablaba el idioma de los arrieros y formuló una pregunta a la que sólo uno de ellos respondió con un encogimiento de hombros. Prepararon el fuego, desvistieron las mulas y arrojaron todas las pertenencias al suelo.
Las llamas ardían intensas cuando debatieron el asunto de la espantada y la caída del extranjero al suelo. Cada cual dio su parecer, pero todos coincidieron en que era más que provechoso atender las indicaciones de las bestias.
  Los animales son perceptivos y siempre andan en profundo silencio, eso los convierte en sabios indefensos. Además, ya se sabe que este sitio es mío; y yo no permito que nadie pase por algunos lugares aunque pida permiso.
La casa de los muleros es hogar sencillo, de barro blanqueado y techo de barro, allí sus mujeres esperan el regreso pacientemente y manejan el dinero que ellos traen desde lejos. Ellas les proporcionaron un charqui y una bolsa de higos para cada uno. De esa porción le compartieron al extranjero para que no se quede mirando, porque, a poco saber de campo, no ha traído más que sus aparatos para escudriñar la tierra. Uno de ellos apagó el fuego con un puñado de tierra y dieron por cerrado el conversatorio.
Los pellones les sirvieron de almohadas y las mantas de sustento contra la helada que a la madrugada caería indefectible. El sol los despertó a todos de un solo rayo. Prepararon el desayuno y con parsimoniosos movimientos fueron acomodando una a una las pertenencias. Uno de ellos se agregó tarea e hizo la parte del extranjero por no juzgarlo diestro para la tarea del aparejo.
La partida casi no se notó de silenciosa que se hizo. El destino es tozudo, esta vez el extranjero volvió a trasponer el paso apuradamente. Los muleros le advirtieron en la conversación de la noche que eso no podía hacerlo bajo apercibimiento. Nuevamente se burló del saber de los animales y no atendió la esquivada de la bestia que venía al galope. Don Ruarte lo miró firmemente y le cedió la delantera del grupo.
La tarde de ese día me encontró cansada como el día del desvanecimiento sobre el tesoro. En una aparición dancé un baile ritual de antigua costumbre y en un descuido le jalé la vida al extranjero y la metí adentro. Los muleros siguieron camino porque tenían el viaje pago. Me  dejaron el encargo porque las mulas no saben desistir de su yugo.
Por fin se divisa el vehículo que viene a buscar al fenecido. Debo retirarme a custodiar el oro de nuestros antepasados.


miércoles, 25 de junio de 2014

De las hojas del cuaderno blanco: texto y huevo


Esto podría ser una carta, pero es sólo un texto, porque las cartas siempre esperan esas segundas partes que son las respuestas. Las cartas son como las parejas, si no son de a dos no vale. En cambio, a los textos, con leerlos y olvidarlos alcanza. Escribo con una voz prestada, la he alcanzado en un paseo atardecido de barro. 
Mi voz, la que a lo mejor debería estar en este sitio, aún está agazapada ante el miedo a lo desconocido. Hay incomprensión en una cantidad que alcanzaría para llenar toda una montaña de piedras, pero eso casi no importa porque a la hora de la madrugada aún no hemos llegado y entonces el retorno al centro no cuesta tanto. Creo que cautivamos un pedazo del cielo que nos ha tocado en suerte. Algo que pudiera convertirse en un recuerdo merecedor de ser capturado. Algo que cupiera en la valija, que pudiéramos llevarnos si de a rato nos fuéramos a otras partes.
Este texto es como un huevo, ¿chascarlo?, ¿será posible encontrar lo que tiene Dentro? Dentro: el embrión que configura la experiencia, el que tiene la dignidad de alcanzar la remembranza. Más adentro: acá no hay demiurgos ni cosas mágicas que acontecen de un momento a otro. Acá sólo hay caminantes que construyen el paisaje a la medida de las estrellas que no van a mirar, porque ellos saben que un cielo todo todo todo estrellado no es posible encontrar en ningún lado.



martes, 17 de junio de 2014

De las hojas del cuaderno blanco

Cosas del día a día en una ciudad donde la esperanza impera.


En el modo en que brota la huella del deseo, en el ojo en la mano en la piel de él. Deificada por un modo de hacer y de decir ella fue encontrando la sensualidad, modelada desde una perspectiva que le tenía de un modo preexistente como cuerpo anhelado. Sin notarlo ese mismo movimiento de fuerzas ocultaba la belleza del cuerpo del otro. Y no sólo eso, en el otro, ella misma quedaba invisible para sí. Por mucho tiempo no encontró el hambre más que en el ojo del otro, aunque lentamente pudo abrir los ojos suyos propios, las manos y descubrir lo que había aparecido oculto durante tanto tiempo. Despertó poco a poco al espacio infinito del placer que se produce en la otra piel, un territorio colindante, cercano y lejano oxímoron, deslizando así un lazo invisible, abriendo de ese modo un campo magnético que aparecía inaccesible, desconocido, que le permitía atravesar la barrera de su propia mismidad inmaculada. Un linde en las fronteras que se multiplicaban y franqueaban con igual destreza. Era el deseo infinito sólo atribuible a sus perfecciones, a ella, pero un día púrpura esa atribución de sentido sin permisos ni pretensiones extendió su manto blanco a un espectro más amplio. Se ampliaron, su deseo y ella descubrieron al otro en cuestión, acaeció entonces eso que algunos llaman la divinidad, la completitud, el círculo mágico y virtuoso. No hizo falta mancillar el nombre heterónimo del amor ni renunciar a la maravilla. 

domingo, 8 de junio de 2014

El hombre que está solo y espera


El hombre que está solo y espera Raúl Scalabrini Ortiz

"En un ejercicio de imaginación comenzó a pubescer. Dejó de ser inocente antes de no serlo. Lujurió sus pensamientos sin macular su castidad, sin curtirla en los preparativos con que toda acción acaece. Los pensamientos lúbricos ahuyentaron aún más a las muchachas que pudieron ser sus amigas e impidieron los descargos de camaradería sexual, a los que hasta esa época pacata hubiera accedido. Se educó entre varones. Las mujeres eran forasteras en sus discordias, en sus holocaustos, en sus refocilos, y casi rivales en su espontaneidad. Las mujeres querían una cosa, el hombre otra. El que menudeaba su relación con ellas era descalificado en los círculos de varones, era casi un infiel: era un “maricón” o un “caliente”. Una voluptuosidad vergonzante le señalará con un deseo insaciable y agotador".


"Si el intelectual no es escritor, su infidelidad no es de menor calibre. Un título universitario cualquiera basta para que un hombre inteligente caiga en la pedantería de evaluar en más su título que sus aptitudes exclusivamente humanas. Deja de ver al hombre en los otros y en sí mismo. En no más de cien libros técnicos pagan su menosprecio al iletrado, que quizá es sabio en lecturas y en 
doctorados de vida". 

"Dos fuerzas convergentes en su punto de aplicación, pero divergentes en la dirección de sus provechos, apuntalan la prosperidad del país. Una es la tierra y lo que a ella está anexado y es su índice; otra, el capital extranjero que implantó mejoras y la fertilizó".

"Presionados, sus sentimientos se filtran en hilos semejantes a ideas finísimas que van, de uno a otro descontentamiento, diseñando imágenes móviles, indiscernibles todavía. Es una rebeldía incongrua; es el desacuerdo de un hombre impotente para especificar la molestia que le irrita. Es una disconformidad consigo mismo que se traduce en amores y en odios revueltos, que se inervan mutuamente, es una vorágine donde todo se confunde y precipita enloquecido. El hombre mira, palpa, observa. Ve lo dicho y lo hecho, ve la flagrante contradicción y se detiene bloqueado por 
tenuidades inconcretables. Todos mienten y él no sabe porqué".