jueves, 12 de mayo de 2016

jueves, 4 de febrero de 2016

CREACIÓN

Tengo miedo a la creación literaria, soy panicosa por sobre cualquier emoción, sé que la puerta que se abre en cada letra es un abismo, cada palabra un umbral de desorden.  Temo al lenguaje, siento las vibraciones del lenguaje, a veces me penetra, otras soy yo quien juego a seducirlo y casi lo  logro, el peso de la lengua en mi cabeza, el peso de mi lengua castellana entre sus piernas, en mis pensamientos, en mis manos. Temo a la furia de Orfeo en el otro lado de la montaña y a sus amenazas, intuyendo el caos que todo lo desborda, los sueños de los muertos que vivifican los días, las muertes disonantes de cada ser viviente. En el magma de la creación la lava ardiente se derrama y soy la lava y la superficie y el poco de materia que se cristaliza y soy el ojo que mira silente la belleza. Acaso es lava ardiente o es esperma o mi imaginación haciendo una continuidad de parques interminables que me llevan una y otra vez hasta Julio. Quizás los días de claros-oscuros han sido demasiados, quizás la piel que vibra esas sensaciones de sol tostado en la epidermis ya no es mía y el dolor  agigante todas las grietas por las que me cuelo incontinente. Quizás en la oscuridad, que no carece de matices, he visto las fauces del infierno, cual boca abierta que todo lo devora, que nada sacia consumir  todo a su paso, los símbolos los días los vientres y el tiempo: todo, todo de todo. Entonces como en un sueño de éxtasis algo emerge a la superficie, algo se hace costra, cicatriz, horror de belleza que cuando es siniestra duele. Esos ojos de doncellas vírgenes, de pequeños querubines custodian la aurora, insignificante en mi humanidad los miro mirarme y temo. Crear la aurora, crear el sueño, hacer de la superficie porosa una lisa gasa de seda que esconde el dolor de miles de sueños muertos.  Ante los ojos perturbados no se distinguen milagros de anhelos rotos, de amores desgraciados, en cambio es en la creación literaria donde una palabreja al lado de otra formará el cortejo del sentido donde todo puede suceder. Los desvelamientos literarios son más peligrosos que las visiones en la madrugada, porque la letra cual gubia hiere la materia inerte del tiempo y la sutura. Entonces, el amor recorre con su dedo suave la piel del dolor hasta llevarlo poco a poco, en sutil desmayo, al cielo donde todas las palabras son la otra forma, la alquimia medieval de los elíxires, la transformación de cualquier carroña en oro, en muérdago, en piel de hoja seca que no deja de ser el grito absorto de lo que estando vivo sabe atravesar el candil negro y sin ser muerte.


domingo, 17 de enero de 2016

LA CAUTIVA INVERSA

de febrero a noviembre
con las disculpas del caso


En sus brazos ella era una cautiva. Lo era de él, de su caballo, de todo el malón que venía de vuelta, del marco que en el museo encierra la tela pintada por Della Valle. Ella sigue siendo la cautiva, incluso ahora de nuestra mirada y lo seguirá siendo durante toda la eternidad que dure el deseo de regresar a contemplarla. Diríase que en el horizonte siempre hay una cautiva milagrosa a la espera de ser atrapada. Sus pies cruzados, su cuerpo echado hacia atrás, su forma de posar las manos en su regazo, su desmayo, no traslucen malestar en ella, excepto el vestido de tirantes rasgados que dejan la mitad de su cuerpo descubierto abren la sospecha de que fue raptada de otro mundo. Incómodo para nosotros que la miramos largamente y apreciamos en ella una desnudez que refleja en su piel tantas palabras silenciadas. En cambio, los cuerpos desnudos de ellos en el fragor de la vuelta compactados dentro del malón, no silencian nada, todo lo dicen con sus brazos, sus rostros y sus cabellos al viento. Cada detalle de la imagen suena en el grito que empuñan con las  lanzas en alto y penetran la piel nublada del cielo. Así las cosas, ciento veintitrés años después la mujer sigue siendo esclava de su silencio y ellos de sus griteríos. Los cuerpos desnudos escandalizaron en su momento a los paseantes que miraban la vidriera de la ferretería donde podía verse la obra en la callecita Florida tan bonita.
Hay muchas maneras de leer la imagen, quizá una de ellas sea el hueco, leer por los huecos es una forma de horadar algo, cuando menos el ojo que lee, entonces se perforan las nubes del cuadro y así ellas dejan pasar una luz que llega desde otro lado. Son las nubes las que oscurecen el cielo y dan un techo cierto, aunque oscuro, donde el agua del suelo se refleja. Los caballos galopan, es el agua lo que espeja el suelo donde la cautiva es llevada.  Es difícil de eludir el reflejo en el espejo negro y no es fácil  mirar  la oscuridad de la imagen de Della Valle, que desde sus ojitos citadinos, pintó la escena.
El eterno retorno retuerce las fibras del tiempo y trastoca, con pincel invisible, levemente las cosas, como cuando en el cuadro de la Vuelta del malóN, las nubes rasgadas por las puntas de lanzas fueron abriéndose rápidamente y dejaron paso a los rayos del sol quemante. Por momentos la escena parece ser otra, la cautiva ahora es Milagro, el malón somos todos nosotros y el agua, el agua siempre está. La mujer domina la escena, la del cuadro y la otra que apenas vemos delinearse porque de tan próximos a ella que estamos no podemos despojarnos de los vicios que compungiesen a los ojos. No podremos, no podemos ubicarnos a una distancia que nos permita mirar, como lo hacemos sentados en el banco del Museo Nacional de Bellas Artes donde, a pesar que la iluminación no es buena, el ambiente lo tiene todo para pasar la tarde tratando de comprender.
La cautiva paga el precio de su rebeldía, ha construido una fortaleza, visto y expandido en el territorio lo que otros no vieron, vestido su cuerpo, calzados sus pies, hecha acción colectiva las lanzas. Milagro no se deja atrapar por el malón y acude a las ceremonias de cautiverio liberada, como las otras les entrega su cuerpo y se lleva lo demás consigo. Quien le dijo que una comisaría de mujeres es su casa por un tiempo le hizo un favor desmesurado, un favor histórico que no tiene precio. En adelante no es una heroína, ni una mártir, es una cautiva y esto no hace  más que trenzar la larga lista de mujeres que consuman con su paso la categoría histórica. Si acaso muriera en este mismo momento en su lápida se leería: Aquí yace sin vida el cuerpo de una cautiva.  Una orden de Estado, un allanamiento judicial a su privacidad, han dado la campanada y puesto en cautiverio todo menos su mirada, aunque sus pies quizás sigan pisando ese suelo, pero no su cabello, ni sus ojos, ni sus dichos imprudentes que no dejan de inflamarse en el viento. De Milagro todo ha sido dicho, de su pasado indecente, de su adinerado labrado social, de la caja donde yacía cuando fue descubierta mesiánica, de su potencia para convencer gente, de apropiarse de las oportunidades cada vez que las tiene, del tiempo que puede permanecer sentada en una calle cementada. La mala fama crece a diario, pero a ella no le interesa demasiado porque ya es mítica y ha comprendido que tiene todos los años que le quedan prendados. No hay nada peor que alguien que lo tiene todo dado por perdido o por ganado. Quizás hace bien en ignorar las malas lenguas, porque la otra cautiva, que en el rapto del malón deja ver su piel con el vestido rasgado, no ha recibido mejor trato, ni las opiniones sobre ella han sido menos dañosas. La piel de ambas ha erizado las  lenguas  de  fuego que las han nombrado de tantas maneras hasta igualarlas.
A cierta hora somos todas cautivas aunque el dolor por eso mismo sea desmesurado. Poseídas, prostituidas, apropiadas por el malón, ambas han conseguido conquistar las escenas de los cuadros y nos dan a nosotros, al malón, una razón para que el temor a lo desconocido crezca. En la vuelta del malón de Della Valle es una sola mujer que condensa en su cuerpo la razón del griterío y la hombría desaforada de los indios desatados en su poderío. En el arresto a Milagro la escena con sutiles diferencias se replica, salvo por la salvajada de estar todos los chivos vestidos, pasar a buscarla por su domicilio en coche y anunciar la violencia con un papel escrito. Cada cautiva es un peligro creciente, porque no hay nada peor que una mujer enjaulada, ni pandora más impredecible que una libertad diezmada que condensa a fuego lento su furia. Nomás queda sentarse a orillas del centro a esperar el desenlace que por fuerza será capítulo de libro.
Algo huele a exterminio, a conquista del desierto, a polvo de roca. ¡¡Oh Roca, cuánto y cuánto permaneces, tu potencia masculina no deja de brillar en el fulgor de su estela, ojalá se te hubiera quemado la cunita cuando pequeñito!! No es lo mismo decir conquista del desierto que decir conquista del desierto, el eco de la diferencia aturde al malón que silencioso devora, cual bestia colectiva, su almuerzo dominguero e ignora, en su sórdida indiferencia, los rastros del acabamiento. Tampoco es lo mismo ver el desierto al sur que al norte ni al este que al oeste, este país es demasiado grande y  le cabe la desmesura en todas las partes. Ver a un hombre otear en la Puna, en San Juan, en Neuquén o Buenos Aires y al poco hablar con ellos las cosas humanas aparecen, como las distancias inconcebibles de la especie, sólo para integrarse al malón encuentran redes. El silencio no iguala ninguna mirada, las diferencias se crían a cada paso y claudican en la desesperación por encontrar cositas que nos unifiquen. Es que ya no somos los mismos ni las mismas que fuimos, acaso hemos perdido el parecido de la piel, el rumbo, los ojos, las líneas de las manos que se unían en las plazas y la certeza de lo que queríamos hacer cuando tuviéramos la oportunidad de hacerlo. En cierto punto, aunque no se note, junto a Milagro hemos quedado todo el malón cautivo en el puño cerrado de su mano y lo seguiremos estando hasta que la próxima cautiva nos despabile por un momento del ensueño.

Menos podemos ver desde el calor amordazado del malón el hilito histórico que se tensa, porque aquéllos habían saqueado una iglesia, revoleaban cruces, boleadoras y otras cosas de manera adversa, en cambio ahora todo sigue en su sitio, ni las páginas de los diarios se han movido. En el malón estamos todos deseosos de ver la mujer de pelito lacio escarmentada, porque así queda latente la amenaza del castigo, muerta no le sirve a nadie, tampoco a nosotros, no, no hay que matarla sólo mantenerla en cautiverio, eso hemos deliberado la noche pasada. 


martes, 24 de noviembre de 2015

EL SOL ROJO

Si yo estuviera en tu piel. Si pisara con tus pies el suelo. Si a la mañana con tus ojos pudiera mirar la aurora. Si creyera en ningún Dios como vos crees. Si avanzara por la oscuridad a tientas. Si a la hora sin sombra tomara el mismo atajo. Si abriera las puertas esperando ver lo que ves. Si cortejara la muerte como luce en tus sueños diurnos. Si callara los gritos. Si me tornasolara de colores ocres la voz. Si al bailar me enrollara las piernas en tu torbellino. Si la lluvia me calara los huesos. Si las identidades se me derritieran como helado en tus manos. Si yo tuviera tu boca tus ojos tu lengua. Si la fealdad y la belleza me hirieran como te lastiman. Si la maldad me trinara el alma como tus cantos. Si yo fuera vos. Si te habitara como me habito. Si me extraviara de tu cuerpo como me ausento del mío. Si dijera yo y fuera en vos el eco. Si al fundirnos nos volviéramos ciegos. Si al tocarnos no perdiéramos el límite de los cuerpos. Si escribiera los papeles con tu pudor extremo. Si al crear los sueños rojos también me soñaras. Si al tocarte los pies sintiera yo las cosquillas. Si la luz de las velas se apagaran y vieran los ojos el último resplandor en la pared. Si en la pared se proyectara un trozo de nuestras vidas. Si tuvieras que elegir una página en blanco. Si el año que se acaba fuera el último para todos los muertos. Si al volver la mirada solo hubiera un camino que no conduce a ningún sitio. Si las muertes que nos quedan pendientes se alojaran en la bolsa negra. Si tiráramos todo lo que nos sobra al precipicio del olvido. Si nos sobrara el tiempo. Si nos dieran entre todos los menús de cartas internacionales a elegir un fragmento de vida. Si eligieras un año para compartir el camino. Si pudieras desangrarte después de hacer algo. Si enfrentaras al espejo con una sola certeza. Si pisaras el suelo con los pies que yo lo piso. Si miraras el cielo con mis ojos y vieras lo que miro. Si habitaras el sentimiento que en mí anida. Si siguieras el movimiento que tiene mi latido cuando te siento cerca. Si estuvieras dentro de mi piel. Si nos intercambiáramos los ojos, los sentidos, las manos.  Si nos invirtiéramos. Si dejáramos de lado esas cosas que nos hacen distintos. Si nos fundiéramos al fuego, si nos derritiéramos y fuéramos líquidos. Si nos volviéramos agua y estuviéramos cerca. Si perdiéramos los límites. Si un día amáramos al unísono lo mismo, de la misma manera, a la misma altura del cielo. Si un día eso pasara, cómo seríamos el regreso. Si desandáramos paso a paso el camino de regreso. Si volviéramos del otro, de nosotros, de cada uno mismo. Si ya no recordáramos casi nada, quizás, si todo eso pasara seríamos como niños que un día jugando en la calle desierta encontraron otro, cualquier otro para acompasar el camino. Si solo camináramos con acampanados pasos. Si solo se tratara el amor de caminar por el sendero yo caminaría a tu lado. Si tu lado no fuera con el mío o si fuera el mismo. Si tus pasos caminaran mis pies sin saberlo. Si caminar durara unos minutos o un siglo. Si sólo se tratara de compartir el pan y el vino a lo largo del camino. Si ya no andiviéramos cerca, el camino sería el mismo. Si al pasear por la mañana hambrienta el aire te golpeara los ojos. Si la lágrima que corre por tu cara no fuera de pena ni de alegría sino de frío. Si los aullidos de los perros acosaran tus miedos hasta herirlos. Si las noches solitarias se abrieran como un pozo en la tiniebla. Si las palabras hueras se preñaran, por así decirlo. Si en el mar los barcos náufragos conquistaran el fondo como un espacio y dejaran la superficie sin imperfecciones. Si las danzas surtieran efecto y a cada paso correspondiera un perdón a dolores viejos. Si las piedras arrojadas construyeran huecos en lugar de muros por donde pase el viento. Si las veces que no te he mirado se juntaran todas en un solo libro de miradas perdidas. Si un alma blanca se tiñera lentamente de un color que mal huele. Si un sueño creara la realidad de cien personas y les diera vida. Si el alba se convirtiera en la única hora posible y terminara por penetrar de luz las sombras del mundo. Si el tiempo se volviera espacio y los lugares acumularan todos los monumentos en un solo sitio. Si abandonáramos todo. Si las fiebres acabaran por destruir con sus fauces las memorias. Si las rosas rojas se cultivaran como revoluciones en los jardines. Si los días de fiestas fueran todos libertarios y algunas veces libertinos. Si los barrotes no siempre significaran cautiverios. Si al contrario, nos oprimiéramos unos a otros y muriéramos sofocados. Si la libertad nos importara poco o nada. Si el contrabando de órganos acumulara corazones e hígados manchados. Si decir lo decible alguna vez fuera profano. Si la podredumbre nos ganara la apuesta. Si nos dejáramos vencer cada, a cada hora incierta. Si el arte se acabara. Si tuviéramos que preservar a la música de extinguirse como una especie de la naturaleza. Si el olvido se acunara en el vientre. Si ya no hubiera locos, ni lunas, ni días sin sentido. Si cada una de las calles no fueran un croquis. Si el hastío que anuncia la creación no volviera cíclicamente a golpearnos las piernas. Si estar de rodillas solo fuera por las plegarias o sólo por las caídas. Si nos derribaran las puertas los hombres tristes que dicen que no a todo. Si decir que si a todo no costara tan caro como cuesta. Si cortar las cuerdas de los instrumentos no alterara la armonía de las piezas ya escritas. Si una sola pieza caída no fuera ya la partida perdida. Si las acciones no tuvieran consecuencias.