viernes, 22 de agosto de 2014

Razonamientos cruzado

Pienso mal, no es que piense malamente de alguien sino que tengo pensamientos equivocados, razonamientos erróneos. El sujeto se puede o no predicar sintáctica o declarativamente. El sujeto está instalado en mi sofá y no se quiere ir, se pueda o no predicar.
No es que lo que pienso contenga error lógico, casi todo lo contrario, sino que la manera de ejecutar el razonamiento es azaroso. Sujeto, ¿te has puesto los pantalones…? Ellos van para cualquier lugar y tengo que estarlos encasillando y arreando para los lugares que producen certezas, donde la lógica sigue un desarrollo paso a paso, y una vez terminado ultiman en una premisa concluyente (¡pero el tiempo que va a pasar antes que llegue al final es muchísimo!). Sujeto, ¿te has puesto las medias ya? ¿Y todos los piercing? Pienso al revés y eso hace que en vez de ir como todo el mundo pensando del lado derecho, vaya por el otro lado, cosa que en los setenta tenía mucho sentido, pero ahora no tiene ninguno más allá de una remera con la foto del Che y algún que otro arrumaco cariñoso en la oscuridad de algún cine, durante alguna de las versiones de las películas que hacen sobre él… Sujeto ¡apuráte que vamos a llegar otra vez tarde al teatro por tu culpa! Por lo tanto, retomo el razonamiento una vez que lo he terminado y lo vuelvo a destrozar para barajar de nuevo una partida y hacer con eso un cosido de estofado de chorizo, que no me voy a comer, pero que tiende a oler muy bien. Culpa… culpa… Hacia atrás y luego (como pienso mal, pero estoy acostumbrada a hacerlo y deshacerlo) tengo que dar vuelta a los razonamientos hasta dejarlos forzosamente al derecho. Las culpas para otra edición serán, pero te adelanto que a todas las culpas, las tenés vos. Pienso mal, pero con la ventaja de pensar mucho, mucho más que otros humanos, y otros que también vienen posteando en el ranking de los de pensamiento ágil: el mono, la serpiente y una serie de robot que amenazan con servir el té a las cinco en punto. Yo estoy libre de cargos… y culpas. Pienso mal, pero razono bastante bien, y con mucha frondosidad de caracteres, es decir con grandes cantidades de globitos sobre mi cabeza. Sujeto, no tenés predicado, ni tampoco queda resto en tu cuenta de banco, he pagado la fianza con tu dinero. Pienso mal, es cierto, pero pienso mucho, y si la vida es una fiesta y el pensamiento una frondosa anarquía… Entonces… Entonces…, ¿Entonces qué?
Entonces que después de pensar mucho mucho mucho me he dado cuenta que la cantidad y el tamaño es lo de menos. ¿O eso era aplicable a la calidad? ¡Estoy pensando mal otra vez! ¿Será cuestión de extensión de concepto o este no será el caso correcto? ¿Este sujeto será otra de las excepciones que justifican la regla? De acá en adelante vos tenés la culpa de todo, ¿ves que ahora estás pensando mal vos? Lo importante es la calidad del pensamiento, cuánto pueda perdurar en el tiempo. La cantidad, el trabajo que le lleve a una pensarlo y des-pensarlo es lo de menos. La calidad es lo fundamental. Ah! Y te aviso…
Entonces concluyo en un nuevo pensamiento:
PIENSO MUCHO PERO CON CALIDAD, ¿suena bien como conclusión no? ¡lo voy a repetir frente al espejo los lunes!

…en esta era cuaternaria del amor, lo del “café con piernas” no va más, porque si no cuando vuelvas a la noche tendrás la culpa hasta del Big Bang.

Des obra



Eso quiere él, vivir el día hacia atrás, que la noche se vaya aclarando poco a poco y ver atardecer como una aurora y llegar al mediodía sabiendo qué hay para comer y que la mañana sea un olvido. En la noche retrospectiva el  joven dramaturgo añora su vejez, y dice cosas sin sentido APRA los que como él en días de fiestas aún son muy jóvenes, quiere ser viejo como el día y por eso a las tres de la mañana se siente como nuevo y empieza de nuevo, nuevamente, nuevo cuerpo a deshacer la noche, hay una diferencia sabida, un paso que acontece sobre lo ya sabido y es que desandar lo andado es poco mas que una aventura es una usura al tiempo, ganar un día viviendo a lo escorpión ponzoñoso tiene algo de mágico pero también algo de mezquino, haber perdido un día era algo por demás ensayado pero haberlo ganada era algo nuevo. Se dijo pequeñas serenatas nocturnas a la luz de la luna, leyó tres mails miro tres veces por la ventana se tomó tres copas de vino, el tres no era un amuleto era el ritmo de la repetición forzada de vivir una y mil veces el mismo día, pero vivirlo en reversa era otra cosa, quÉ otra cosa? Otra cosa, un atisbo de melancolía le coló los dedos y escribió una poesía y después la tachó toda porque no era buena, los dramaturgos anochecen temprano y viven de otro modo, no escriben personajes, no llaman a las puertas ciegas, solo dibujan dentro de su mente paisajes superpuestos y esperan que los habiten lentamente sus dueños, un paso en falso puede ser mortal, pero la muerte ya se sabe, no es un estado definitivo, él lo sabia y por eso desanduvo la noche como quien sale de un pozo de muerte, hediendo y se lavó la manos, se desabrochó el abrigo y se entró en la bañera vestido, así debía ser para descompasar el día para entrar a la tarde de otra manera, quiso dar vuelta las certidumbres y empezó por donde sabía, las uñas largas no era la peor de las costumbres, pero ahora que podia ser otras cosas entro en el costado aguantado de la mano y miró por las venas un discreto suplicio, se lo sacó de encima y lo dejó en la jabonera, bañarse tampoco era tan malo y todavía le esperaba toda la tarde toda la siesta el mediodía y la mañana desierta. No, sin desiertos, hoy nada de desiertos ni patrañas espejadas ni cosas que no entienda a la primera, hoy quiero entenderlo todo porque de hecho ya lo he vivido y acaso solo me queda entenderlo. Dramaturgo uno de tus personajes está bajando las cortina y amenaza con lavarlas, ya sabés que eso trae mala suerte, mas mala suerte que darte la vuelta, una hora de devaneos y ya estás a punto de concebir la obra la obra de tu vida tartamudeando, en la cadencia y te caes en la entrepierna y en el intermedio, querés a toda fuerza llegar al primer acto a las diez de la noche, pero puede ser complicado darle la vuelta a las cosas y encontrarte con que la obra ya está escrita y que no te gusta como ha quedado la factura, es una hora de trabajo rara,  me ha rendido demasiado y yo soy lento esto no es mio, quién lo ha escrito, otra vez el alter ego haciendo mi trabajo y yo desconociéndome a mi mismo y creyendo que de esta conturbación va a salir una obra de teatro. Después que llega el ocaso te escavias un trago en el bar de abajo mientras pensas con disimulo lo que vas a escribir cuando estés arriba, a los demás les seguís la huella y hasta tercias en una discusión de medio pelo sobre los orígenes de la música cubana y a la hora del salto biónico a la revolución decís que tenes hambre y te escapas a la mesa de trabajo ya tenes claro el segundo acto y amaestrado los costados morados de los personajes, así cualquiera escribe una obra de teatro, si tiene al alter-ego trabajando mientras mirás por la ventana como discute una pareja sobre qué cosa tan importante que los lleva a pararse en una esquina y detener la marcha y ella grita y el grita más fuerte y él después se da la media vuelta y ella se queda estaqueada en la acera llorando. A la hora de almuerzo todavía no vas a estar en este embrollo  y por eso querés llegar rápido a la hora del pollo pero por ahora te aguijonea la melodía de cuerdas que entran cuando el personaje A se sube a la escalera y hace como que se va a ir al cielo y después amenaza con tirarse: tírate! Le grita el otro personaje, total desde la escalera no  te va a pasar nada y lo del cielo es metafórico en la escena. El personaje se tira pero como desde el cielo y queda hecho polvo en el suelo de la obra. El dramaturgo vela al muerto y consigue a otro que se suba a la escalera y se quede quieto porque si no no puede terminar de componer la escena. Lee al Shakespeare este para tomar impulso y después se siente un infeliz de la primera hora y se dice que él nunca será un buen escritor de obras de teatro, ni aunque tenga cinco alteregos trabajando juntos, y decide hacer lo del personaje y tirarse en picada desde el cielo, al rato cortísimo supera el momento melodramático y se agarra a los pantalones del personaje que esta trepado y esperando que mande usted en la escalera. El dramaturgo da una orden imprecisa y el personaje desenvuelve la tela y grita un parlamento que nadie, ni el dramaturgo, hubiera podido esperar así de sopetón, lo escribe rápido para que no se olviden las cuatro frases claves y rellena con algodón y algo mojado lo que falta. De los actos que faltan no se sabe nada. El dramaturgo tiene hambre y se imagina el pollo y la ensalada del mediodía que todavía no se ha vuelto a comer. Entonces hay un toque de queda a mala hora y él se detiene. Si ya sabe lo que vendrá no vale la pena, se obliga a olvidar todo, para así poder desandar despacio lo sabido, ¿sino que gracia tiene? Qué no se entiende nada le avisa la vecina y él la mira con odio visceral y le dice que vayasé usted a la mierda, cuando llegue la mañana ya lo va a entender mejorcito pero ahora que ni él lo entiende, pero ya aclarará con el día, que tenga paciencia. Y ahí es cuando se enoja consigo mismo por andar dando explicaciones a gente que se mete en su terreno sin saber de que se trata. Qué diálogo ni nada, los personajes monologan cada uno a su manera sobre sus propios desaires e infortunios, y nadie escucha a nadie, el dramaturgo esta desesperado porque la obra no se entiende y los personajes no interactúan como debieran hacerlo. Se han desacatado y lo ignoran a toda hora, a él, al alterego le prestan una atención desmedida y entonces acontece lo que poco a poco había venido pasando, a la hora de la cena, el alterego y el dramaturgo están en la contienda, no hay nada para cenar y se echan la culpa uno al otro. Comer es una perdida de tiempo, vivir es una perdida de tiempo, soñar es una perdida de tiempo, trabajar es lo único que no es una perdida de tiempo, el alterego lo entiende perfectamente pero el dramaturgo está en otra sintonía, él quiere hacer otras cosas vitales, comer por ejemplo y no hay cena lista y hay que esperar hasta el mediodía, pero para el medio día falta medio día entero. Por cosas como esta el altergo y el dramaturgo se riñen con vehemencia se insultan que da calambre y se tiran hasta los platos vacíos por la cabeza. El alterego se borra de la escena y el dramaturgo se queda recogiendo los pedazos del suelo, porque como se la pasa descalzo se los va a clavar seguro. El dramaturgo a esa hora sin cena piensa en la sangre en su preciada sangre y dice que él la tiene para cosas mas importante que para las astillas. Aún así prueba con pincharse el dedo gordo del pie y la ve correr en hilito y camina por la casa dejando la huella roja, eso lo alucina y la mira y la mira mientras camina y piensa en las cosas viscerales en el flujo constante de la sangre en los personajes, extra al personaje que tiró desde el cielo y llama al que lo ha sustituido sin pena ni gloria y le habla de la sangre que el tenia cuando era chico y los porqué de la azul vena, así tenes que ser, le dice, como la vena no como la sangre, contener lo importante dentro y que se vea en la superficie sólo lo aparente, así tenes que ser vos personajito y le acaricia la cabeza, al rato el personaje y el dramaturgo están hecho un nudo abrazados y se quieren infinitamente. Hasta que llega el alterego y se monta una escena de celos que madre mía. Ahí es cuando el dramaturgo se sale de la escena y se baja al bar a hablar cosas y pensar el segundo acto. No se entiende este ir y venir constante, me estas mareando maría magdalena, ya sé, pero esperate que esté lista la obra y ves que se entiende que ya estas como la vecina apurada por ver la obra completa. Acordate que tiene que ser corta, la gente no soporta las cosas largas, de tiempos acompasados de música compuesta, la obra tiene que quedar ensamblada, no estos recortes de pastiches por todos lados. Esperate que termine todavía falta la mejor parte.  

Hoy no es un día peronista ni radical, los días no tiene color político, hay días malos y otros en los que sale el sol y los otros en los que ni se nubla ni llueve ni sale el sol ni nada, despreocupate desacostrumbrate ponele el prefijo des a todo y ves que te sale bonito, dramaturgo no se entiende nada, se desentiende, y de tanto des nos estamos desconociendo, para entendidos mejor si lees otra cosa porque esta va para atrás y es complicada.


Y esa mañana se tapó hasta la cabeza y dijo que mejor si no se hubiera levantado de la cama.

ANTES


Antes pensaba en muchas cosas, ahora pienso en pocas muchas veces. Antes tenía muchas respuestas, ahora tengo pocas respuestas y pocas preguntas que sirven para la ficción, pero no para la vida. Antes el mundo era una representación gráfica grande y descalabrada, pero lo entendía. Ahora entiendo mejor el mundo, pero los modo de pensar en él son los de antes muy antes. Antes y ahora han desaparecido como metáforas del tiempo y la continuidad, en la que antes creía muchísimo, ahora me desconcierta. Antes escribía cosas sueltas que pensaba que un día iba a darte, pero que luego borraba apenas las terminaba. Ahora escribo a lápiz así las puedo transcribir en el teclado y si las borro después me puedo arrepentir un rato largo pero las sigo teniendo. Antes sabía muchísimas cosas que ahora ya no sirven para nada. Ahora, recién ahora, me doy cuenta que eso es buenísimo que pase, que el vacío es aparente y que la nada… es un alegato a favor de las traiciones con fecha de vencimiento. Ahora puedo escribir en un texto, así de pequeñito, la palabra: muchísimo, dos veces y no me parece que quede tan mal. Antes todo era complicado y ahora es fácil, pero de una facilidad muy compleja, intrincada y maravillada. Antes creía que las hojas estaban en blanco antes de…, ahora pienso que las hojas, aunque lo parezca, nunca están en blanco. Antes las palabras eran y no eran tan apalabradas. Ahora las palabras se han vuelto indomables, revoltosas y desobedientes… conversas, se amarran a una punta de un hilo y tiran y tiran hasta destramar las texturas y dejan la piel sin cobertura, como desnudas. Antes no sabía que las palabras también tenían vestiduras, ni que a veces se las sacaban, ni que atravesaran desnudas e impúdicas las calles. ¿Ves porqué terminaba por borrar los textos que intentaba escribirte?, todos se desviaban del sentido que intentaba fijarles de antemano. Las palabras se alborotaban en exceso y se tomaban demasiadas libertades, se apropiaban del texto, se decían a su manera y no me hacían ni caso. Terminaban por dispersarse, alejarse demasiado del cauce, se volvían impresentables...

30 de abril 2010.

ESPEJOS

Esas acciones del pensamiento, ocultas de todo, a todos, sin demonios presentes.  Esas historias eternas sin dios aparente...
En qué tajo de los símbolos entramos en la sombra de la vigilia que no puede verse desde la otra orilla. Hay, claro que debe haber, una sensación de amor disperso en la que ambos nos miramos.
Yo hubiera querido comprender en tus miradas, no en tu cristalina ausencia.
Entrar en aquello que podía parecer sueño. Hubo un momento en el que mentimos a dúo, fue un concierto efímero y aturdido. Feo. ¿Cómo pudimos ser un coro tan necio, cómo pudimos entrar en las fauces del delito?
Estabas ahí, vidrio por todos lados: contaré el desamor que hubo esa noche: contaré ese modo de espejar los sentimientos que había en tus ojos en tus manos en tus labios: ¿contaré que los roces vacíos de sentido se clavaron en el aura más tenue de la noche y proyectaron una figura espantosa? Era tan tarde…, tan tarde para algunas cosas y nosotros jóvenes y decrépitos. ¿Cómo has envejecido tu reflejo en tan poco tiempo? No me atreví a preguntarte. ¿Cómo has llegado a dar con la oscuridad en tan inmenso grado? ¿Cómo, la temperatura de tu sangre, has helado de un modo tan horroroso? ¿Cómo te has vestido de una silueta transparente que devuelve una imagen tan fresca y desconcertante?
Debo haber incurrido en la misma transgresión.
Debo haberte confundido con los mismos guiños extraviados.
En los ojos que ese día yo no tenía, te habrás mirado de pronto y habrás visto sólo tu cara, confundiéndote, creyendo que era la mía. Seguro pensaste que era mi alma la que te llevabas a la boca y era la tuya la que se reflejaba en directa consonancia. Habrás terminado comiéndote tu propia búsqueda.
Esa noche tan hueca, tan llena de ecos, los dos nos confundimos de un modo exagerado. ¡Qué torpeza por la que caminamos en los filos de las veredas!
Aunque creo que era imposible no hacerlo, porque los dos estábamos atontados de reflejos.
Sabías quien eras pero lo alterabas a sabiendas. Yo hice lo mismo, conociendo mis absurdos los oculté, decidí burlarte y burlarme. Un golpe de cinismo extremadamente certero.
Caímos irremediablemente en el abismo de los silencios, en la persecución sin tregua de las esencias veladas. Seguimos la ruta equivocada, siempre sabiendo de qué se trataba el juego. ¡Qué era un simple retozo!, debemos habernos prometido cada uno por su lado. Nosotros, tan lucidos, tan mortales, esquivamos las verdades con maniobras perfectas. Entramos en el otro lado de las analogías porque acaso nos medimos y creímos ser demasiado hábiles.
Tus ojos fueron un buen aperitivo para la cena, no sabías que los míos también eran comestibles hasta que los probaste y convertimos aquel festín del deseo en una cena para ignorantes insaciables.
A qué hora se produjo el espejamiento, no supimos. Nos confundimos. Creo que atinamos una estrategia dañina. Nos fuimos destilando uno dentro del otro sin previas retenciones. Eras lo que yo era, yo era lo que vos eras, y ese encuentro afortunado, desafortunados, trascendente y quimérico, nos trastabilló el rumbo y nos estrellamos.
¿Cómo saber desde antes que nos íbamos a reflejar mutuamente de ese modo tan espeluznante?  
Pasamos al otro lado del espejo en el que encontramos los túneles que no saben hasta donde llevarnos. Los conejos hubieran sabido caer sin problemas en esos sitios, pero nosotros no supimos, porque acaso nos habíamos perfumado demasiado el instinto y sólo poseíamos el aturdimiento del tiempo. Caímos como lágrimas sin sentidos y rodamos una maravilla de vértigos y olvidos.
No entendimos y seguimos. No sentimos y seguimos. No vimos y seguimos. No encontramos y seguimos. Éramos estériles y seguimos, éramos el uno en el otro y seguimos, éramos extraños y seguimos, éramos todo lo contrario y viceversa, y seguimos…
Abandonamos el juego a la hora incierta, decidimos salir desde adentro del sueño de los mortales para entrar en el otro tiempo invertido. Salimos a buscar la certeza de habernos visto de frente unos instantes, La certeza de haber atravesado el espejo lindero de nuestros seres. ¿Realmente llegamos a salir de nosotros o eso también fue una ilusión de ciegos en la negrura? Entramos en aquella zona opaca en la que cada uno tenía soberanía. Jugamos a la nocturnidad y avanzamos a tientas.
Vi en tu penumbra, tan semejante a la mía, una suerte de ternura y un perdón para siempre. Debimos habernos quedado del otro lado. Yo en tu oscuridad y vos en la mía. Debimos haber aceptado la estadía en nuestros costados mortales, para ser lo que otros eran casi siempre y todavía; pero no pudimos con la tentación miserable y volvimos a jugar a la divinidad momentánea. Atravesamos el vidrioso linde sin rasgarnos el cuerpo y mordimos la frugalidad más envenenada. ¿Habremos sangrado? Deberíamos haberlo supuesto, acaso no quisimos admitir que, como para el resto de los mortales, la carne de nuestro cuerpo era presa fácil.
Debemos haber hecho cosas que nos hicieran daño…, pero no lo notamos hasta entrado el día, cuando ya era demasiado tarde y sólo teníamos las cicatrices a la vista. Nosotros ahí, mirándonos, más insensibles que nunca.
 En tus ojos había un abismo como debe haberlo habido en los míos. Nos caímos y, que yo sepa, nunca volvimos a levantarnos. De todos los espejos antropomorfos en los que me he mirado, eras el que devolvía el reflejo más hermoso de mi imagen creada. De todos los espejos que reflejaron tus rostros, el mío debe haberte gustado aquella noche. ¿Cuándo nos perdimos? ¿Cómo desatinamos las certezas? ¿A qué distancia del vidrio nos quedamos? Esas cosas tampoco supimos decírnoslas. Era una posibilidad incierta una ceguera compartida una noche inmensa y también debe haber sido una fiesta.       
¿Las huidas, son ciertas, inciertas, o todo lo contrario después de la aurora?


Enamorarse
es crear
una religión
cuyo dios es falible.
El encuentro en un sueño. J. L. Borges

Noviembre 2009

domingo, 6 de julio de 2014

Galería de Arte

Él Joaquín, yo Lola.

Pocas palabras, pero precisas, ya sabíamos al primer cruce que nos gustábamos. Tomamos todo lo que quedaba en las copas y fuimos a bailar. Desde el principio nos encantó saber que estábamos unidos por el gustó de lo diferente, es decir, dijo él: Me fascina ir a todos los sitios, ver todo tipo de gente, saber de los encantos de las mujeres de todas las tierras, en fin ya me conocerás de apoco o de a mucho, como te plazca. Lo decía mientras me tiraba de la mano por entre toda la gente hasta la terraza, porque todo el lugar daba a una gran planicie que acababa en acantilado.
Y así fue que esa noche se extendió durante todas las noches del tiempo. Después de salir de la fiesta, desayunamos y  tomamos un bus para ir a la playa, que no estaba tan lejos. Llegamos ahí, nos desnudamos y nos metimos al mar durante toda la mañana.
Mientras todo eso pasaba, creció el romance entre ambos y, como en los buenos romances, él la llevó a su cama y ella lo llevó a su vida. Él era pintor, pero no lo supe hasta que desperté un poco atontada por la fajina de toda una noche y vi que había un cuadro donde se retrataba una mujer semejante a mí durmiendo desnuda, envuelta en sábanas blancas. Me encantó la idea de haberme liado con un pintor y la fascinación subió por mi piel directa hasta mi alma.
Él perdió la calma y empezó a gritar, entonces supe que perdía la calma demasiado rápido. ¡No, no pinto mujeres desnudas y dormidas tan a menudo, pero no sé cómo hacer que me creas!
Estaba gritando. Se calmó un segundo y me pidió disculpas. ¡Ya sé lo que haré!, dijo agitado y me agarró de la mano igual que la noche anterior y me llevó a una habitación. Sentí un poco de miedo pero igual fui con él. En la habitación había cientos de cuadros: colgados, apilados, en estantes; él los sacó a todos y pude ver que lo que decía hasta hacía un momento era cierto.
Pasamos a un cuarto intermedio, para calmar las aguas mientras pasaban los días, pero ya se veía que ni yo era una niña sumisa, ni él un simple leñador. También se veía que no nos separaríamos tan rápido. Las relaciones son fugaces, los trabajos son fugaces, hasta los días son fugaces. Aunque la historia siguió, pero debo pensar cómo seguirla contando, pues los hechos se precipitaron demasiado como para azotarlos contra el papel tan violentamente.
El romance se llenó de una intensidad poco usual, nos necesitábamos todo el tiempo y por muchos días no nos separábamos ni por un minuto. Lo acompañaba en todo momento, mientras pintaba, lo miraba, lo admiraba, lo seguía con la mirada, observando y presintiendo cada detalle, cada variación de color, cada sensación visceral que le urgía desde dentro. Salíamos poco, muy poco, algún momento al día para hacer compras, o algún rato por la noche para caminar en la playa. En esas caminatas asistíamos a un embrujo imposible, que sabíamos imposible, pero al que estábamos seguros de pertenecer. Nos mirábamos, sintiendo las fibras más fuerte de nuestras almas, teniendo certezas de humanos recorriendo la faz de una tierra hecha para nosotros. Algunas veces vivíamos el día intensamente, otras el día nos vivía a nosotros sin darnos cuenta y así, sin notarlo, todo tomó una dimensión de ensueño que por momentos nos mareaba y por otros nos llevaba a un cielo de otro color. Me quedé preñada. Él pintó un retrato por mes, para que su hijo supiera lo hermosa que su madre se veía embarazada.
Teníamos dinero de más y esperábamos al niño con una auténtica cuna de oro que Joaquín había hecho hacer a un orfebre amigo; estrictamente basado en un diseño principesco. Mientras tanto los gritos continuaron y los episodios, mezcla de violencia, pasión y amor eterno se sucedían demasiado rápido como para que alguno de nosotros notara lo nefasto de la historia. Los motivos no importaban, por celos, por los horarios, por las noches, por los días que se consumían poco a poco nuestras vidas. Era una historia de amor mortificado, que empezó hermoso y devino en tragedia.
El parto fue terrible, en una noche terrible. Llovía a cántaros y tronaba que daba miedo. Yo gritaba, a él lo sacaron de la sala de parto y le dijeron que esperara lo peor. El parto viene malo, rece para que al menos salvemos a uno de los dos, si tengo opción ¿qué prefiere? dijo el médico. ¡Escoja rápido que no tengo tiempo para perder con su mujer ahí dentro!
¡No sé... no puedo…! Por último: salve a la mujer, dijo él. Con la duda atroz de no saber si era eso realmente lo que quería.
Decidía y decidía cosas en esa noche de mierda en que todo ese hospital lo aterraba y lo hacía perder la paciencia que no tenía. Al final lo peor, el niño muerto y la mujer viva, apenas, pero viva. Se quedó paralizado, hablando solo, como loco. Ya estaba loco de antes y lo sabía, pero lo encubría diciendo que no era loco, que era pintor y ya se sabe, todo artista tiene algo de loco. En realidad ellos piensan, se engañan pensando que no es que estén locos, si no que la gente no los entiende. Es que los artistas ven cosas que los demás no, había dicho un crítico y el Joaquín se lo había aprendido como a la Biblia que nunca leyó. Entre tanto, una enfermera conmigo en la camilla, llena de tubos y con suero en vena hacia una habitación. Me miró pero apenas si pude... estaba muy débil y me iba a llevar mucho tiempo componerme. Fue la última vez que lo vi. La sala de partos se quedó vacía y Joaquín aprovechó, entró rápido y vio en una bandeja algo lleno de sangre. Se le acercó despacio y lo miró, era un bebé, su bebé que no lloró, que se murió antes de largar el primer alarido. ¿Habrá sufrido o no? ¿Sé habría muerto justo al cruzar la línea de fuego o antes? Hacía preguntas sin sentido que nadie respondió. Había terminado de pintar el último cuadro embarazada por la noche, antes de los dolores. ¡Qué importa si se murió antes o después, se murió igual y ya nunca va a llorar! Seguro que pensó en los nueve cuadros y pensó que tenía que pintar ese episodio; temió olvidar al niño, a su hijo. Lo envolvió en unos trapos y se lo llevó. Afuera la lluvia seguía terrible, paró un taxi y se miró espejado con el niño en brazos en unos vidrios, ¿se dará cuenta éste infeliz que llevo un niño muerto? Quizá no. Para disimular le habló, habló mirando el bebé todo el tiempo, casi no soportaba seguir mirando la cara del bebé, durmiendo un sueño demasiado profundo, pero se esforzó y por fin llegó el auto hasta la casa. Le pagó al hombre como tres veces más de lo que le pidió, un billete manchado con sangre, el taxista le gritó para que lo escuchara entre la lluvia y los truenos. ¿Está bien usted? Y a ti qué te importa, Joaquín le contestó. El taxista lo denunció. Corrió a la casa. Puso el niño en la cama y trajo el cuadro, tenía un montón listo, con la base blanca para los raptos de inspiración. Encendió diez velas y empezó a pintar el niño muerto en la cama, en las sábanas blancas manchadas con sangre, envuelto en el trapo sucio del hospital. Después se dio cuenta, y dijo ¡no! Trajo otro cuadro y le quitó el trapo sucio al niño, lo dejó desnudo, con los brazos abiertos, boca arriba, tranquilo, como si durmiera y lo volvió a pintar. Nadie hubiera entendido cómo pintó dos cuadros perfectos en el tiempo en que se consumieron las velas, igualmente nadie más que él y el cuerpo del niño lo supieron. Entretanto, en el hospital, se dieron cuenta que faltaba el niño muerto. Avisaron a la policía pero les costó bastante encontrarlo, pues no tenían ni dirección y yo seguía  inconsciente. Al final dieron con la casa y con el niño muerto. Cuando entraron rompieron la puerta. No era para tanto, pero Joaquín se había quedado dormido, de la emoción, del miedo, de la angustia, de todo, al lado del niño, como acompañándolo en su hora final de muerto entre los vivos, como si estuviera vivo y él lo durmiera, a su lado. Ellos entraron, ya era de día y miraron los cuadros: el del niño, los dos donde el niño estaba retratado. Pero también miraron ese otro cuadro: el de la cama, el del hijo muerto y el padre vivo, sobre las sábanas blancas, manchadas de sangre, la cera corrido por todo el piso y el olor inmundo a carne humana descompuesta. Tomaron al niño, lo pusieron en una bolsa. Con mucho esfuerzo despertaron al padre, pero Joaquín no entendía nada, hasta que se vio con las esposas. Gritó descontrolado, que él no lo había matado, que había nacido muerto, que no lo tocaran, que sacaran al niño de la bolsa, hasta que uno de los policías con poco saber de psicología le cayó encima con un puñetazo que le rompió la nariz y lo calló un rato. Lo llevaron a la jefatura y le hicieron exámenes. No está drogado, pero se droga, tiene los brazos machucados, dijo el comisario, luego se le acercó a Joaquín sabiendo todos los datos posibles y le preguntó por qué tenía la nariz rota. Suspendió por bestia al policía que le había pegado ¿y a él? Le dio el pésame y lo dejó libre. Un mes y medio tardé en volver a la casa blanca, él jamás fue a verme, entré con mi propia llave. En la casa no había nadie, ni nada, ni Joaquín. Sangre en el piso y cera de velas. Yo sabía poco de la historia, sólo que la noche del parto él se había llevado al niño y que a la mañana siguiente los habían encontrado, ni una palabra más nadie me dijo. No entendía, no podía entender, pero tampoco nada me asombraba. Busqué en la policía y allí me anoticiaron de todos los detalles del caso. Esperaba de él cualquier tipo de delirio.
Pasaron tres años, nunca supe nada de él, ni de nadie. Sólo muchísimo trabajo y dormir, es decir trabajaba para tener un lugar dónde dormir. Un día leí sobre una exposición. El volante decía: uno de los pintores más famoso, muestra en la Galería Salvador Dalí. Tres días solamente, veinte, veintiuno y veintidós.
Era el día veintidós. Caminé despacio, tratando de no llegar, pero estaba a cinco calles y por más que dilaté la caminata al fin entré. Estaba como siempre, flaco, medio sucio, vestido de blanco, con la mirada perdida en un cuadro. Me acerqué sin que me viera venir y me fui aturdiendo al ver tantos cuadros con mi cara, con mi cuerpo embarazado. En cada uno un escrito, mes uno, mes dos... mes nueve, pero la secuencia seguía y  ya no pude incorporar lo que vi. Era el bebé y yo no lo había visto hasta ese día. Dos cuadros con el niño dentro, uno con un trapo, otro sin él, sin inscripción, luego otro, el lienzo en blanco, sin pintar. Me quedé muda, me dejé caer en un rincón, escuchaba ecos que decían, -oye qué tremenda imaginación, qué escena terrible-. ¿Habrá tenido en verdad un niño ahí? Una mujer se le acercó a Joaquín y le dijo: pero es que esto que ha pintado usted es terrible y de muy mal gusto. Señora, váyase a la mierda de mi muestra contestó él. En ese momento junté fuerzas para hablarle. Comencé a caminar hacia él. Él me miró. Se dio la vuelta y caminó hacia atrás para no..., Y retumbó el eco en toda la galería, en los vitrales, en los oídos de las personas, en el corazón roto de Joaquín, en mis propias entrañas estériles. Y después un silencio, los ojos de la gente sobre mí, todos supieron que la mujer embarazada del cuadro era yo. Nadie se animó a nada, ni a irse, ni a quedarse. Él volvió la vista y me miró durante una breve eternidad. La distancia entre nosotros creció, creció hasta el infinito. Me acerqué hasta uno de los cuadros, en dónde el niño estaba sin el trapo, lo descolgué. Él enloqueció de furia y gritó. ¡No te atrevas a llevarte a mi hijo! No dije nada, proseguí con lo que hacía. Descolgué el cuadro y me lo llevé, mientras caminaba, aterrada, temiendo que me lo quitara, me quitara algo que era también mío, que no sabía que existía, pero no, él no dijo nada, no hizo nada. La gente en la muestra permanecía inmóvil, como atornillada al instante, como parte del drama, del que nada sabía, pero todo imaginaba. Los cuadros fueron valuados en mucho dinero y él un pintor famoso, los vendió a todos, hasta al del niño. Lo supe por el diario, no lo entendí, también supe que se dejó uno, el que estaba en blanco. Quién hizo la crítica de la muestra dijo: maravilloso, fascinante, contundente. 
En letrillas negras, acotó al margen: excentricidades del pintor, los artistas ven cosas, que los demás no.
Jueves. 20:58 hs. 30-3-99. Soy o fui, Lola Cutraen.



Incomprensión fundamental

2009

Pensarás que no te entiendo y es cabalmente cierto.
 En mi andadura he encontrado un preciso sueño. He seguido (al pie de la letra) tu decálogo amoroso y me ha conducido hasta la tumba. Desde allí te pido explicaciones ¿Por qué interrumpes mi silencio? Desde el mármol me devuelvo sobre mis pasos hacia mi propio sino. No accedo a dejarte atravesar mi arte con tu presencia que destella hasta contaminarlo todo.
Ganarme, ha sido el vellocino de mi batalla y hoy tu amor amenaza mi mejor obra.
Soy un hombre de barro que teme a la tormentosa lágrima más que a cualquier espectro.
No dejaré que tu hálito abrace mi corazón. No dejaré que tu tacto atolondre mis sentidos.
 Pido al dios del olvido que me salve de la insistencia de tu recuerdo.
Ojalá te demores en el jardín con flores y la primavera reemplace al resto de las estaciones. La conquista de mi corazón límpido de mácula he logrado, y ahora quieres desterrarme ¿por qué te empeñas así en mi contra?
Como la hermosa Helena que jamás envejece, peligro hay en desatar las furias, ya sabes eso.
Concedo la renuncia que me inmola, no anidará amor tampoco en mi ombligo y así seguiré siendo un hombre de corazón libre.

jueves, 26 de junio de 2014

LOS CAPRICHOS DE LA DONCELLA

२००९
Cuando llegue el vehículo partiré. El temor y la muerte son un matrimonio controvertido que suele alimentarse de vigorosa vida; por eso, en ocasiones suelen tomarla sin previo aviso. 
En esos casos pueden escucharse ruidos de piedras golpeándose entre sí. Con el transcurrir del tiempo, la tierra que habito ha visto muchas cosas. Los primeros pobladores fueron hombres de habilidosas manos y mentes. El modo en que ellos encauzaron las aguas fue dando paso al cultivo de una agricultura frondosa y bien llevada.
Los registros de los antiguos libros dicen que el maíz es a la raza aborigen lo que el arroz a los chinos. La ingeniería hidráulica, según cuentan esos mismos volúmenes, luego se ha hecho un lugar en las academias, pero lo que aquí tuvo naciente fue transmitido en forma oral por algunos que entendían del oficio de arrear el agua.
En los altos valles andino los hechos suelen precipitarse tan raudamente como lo hace una piedra que desde lo alto transita rumbo al precipicio. Creo que el vehículo que se llevará al muertito que yace en el suelo debe estar al llegar. Lo he adivinado en el camino hace largas horas y no entra en la línea visual como era de esperarse. El hombre que recibió la orden de venir en su busca también recibió, de palabras del hermano menor, las causas del mal que lo aquejaba antes de subir hasta aquí. La ruta de tierra guía hacia el camino de acceso y aunque muchos alcanzan el sitio no todos regresan. Este que tengo aquí es un caso.
Hace un tiempo comenzaron a llegar los hombres nuevos, queriendo encontrar el oro que la montaña tiene escondido. Pero las alturas no son fáciles y nada pueden hacer con sus vehículos. En cambio, deben buscar a don Ruarte y pedirle que les alquile las mulas; también deben pedirle que los guíe. Él hace ambas cosas para su beneficio y, sin saberlo, también para el mío.


II-
Los primeros habitantes de este lugar ¾la tierra siempre tiene sus llegados en primer orden¾, fueron los Capayanes, gente mansa y de corazones pacificados, tal vez por el agua, tal vez por la altura, ¡quién sabe!
Después..., todo fue tragedia y terribles vientos soplaron en disfavor del Jefe Atahualpa y mío; en la actualidad a veces siguen soplando furiosos. También corrieron la misma pena los otros que estaban en el pueblo y que fueron cayendo uno a uno muertos a manos de los dirigidos por el foráneo.
Atahualpa era un gran Jefe para todos, de corazón humano y de cuerpo recio. En la reunión de los consejos obraba en beneficio de todos y las ancianas y ancianos de la tribu, a pesar de su cortedad, le tributaban respeto. Ocasionalmente le consagraban la sangre de algún animalito, ponga que por caso era un cabrito y, aunque esas prácticas no eran del todo bien vista por él, de igual modo las agradecía.
Luego ellos recorrieron el continente y llegaron cabalgando desde lejos, acusando a todos de esconder el tesoro acumulado a propósito de expropiarlo. Mentían de una forma descarada, pero nada pudo detenerlos.
La furia de no hallar el tesoro los embraveció de tal modo, que a todos dieron inmerecida muerte. Nadie aquí supo dar testimonio certero, excepto yo; pero ellos no entendieron mis palabras mágicas, las alegorías de la muerta que habla. Mi lenguaje proviene de la profundidad telúrica y danza en el aire con forma de doncella.
El día en que el Jefe de nuestra comunidad fue tomado prisionero supo que el macabro lo mataría de cualquier modo; entonces fue que con un mensajero me hizo llegar un destino salido de su garganta.
Me comisionaba para que junto a dos ancianos, uno de ellos conocedor del sendero y otro conocedor de la lengua, partiera en caravana para trasladar el tesoro, para proteger gran parte del oro reunido por órdenes del verdugo. Así lo hice y ataviada con el ajuar que estaba destinado a la ceremonia de unión ante las diosas, emprendí el camino hacia Achango. Lamentablemente no pude lograrlo, los ancianos murieron en el camino y en la soledad de la responsabilidad adquirida, me detuve en una tierra cercana. Arreando la carreta llegué a un paraje en el que pude apreciar vestigios de los antepasados venidos con anterioridad a conocer la montaña.
Anclé un campamento en un margen derecho del camino y con mis propias manos cavé durante días bajo el sol quemante. Al finalizar el trabajo y, habiendo ya sepultado aquél tesoro que en todo se asemejaba a mi amado, me desvanecí allí mismo afectada gravemente por el cansancio.
Desde entonces emerjo desde las profundidades de la tierra para indicar el camino a los arrieros, pero ellos me temen y se aturden con mi presencia. Por eso ahora sólo aparezco en la lejanía. De tanto sentirme temida he aprendido los conjuros y me he amañado de lugares dilectos que no quiero compartir con ninguno que por aquí pase. Son de mi pertenencia y yo a esta tierra pertenezco.

III-
Los muleros son gente callada, no entran en intercambios de palabras con los extranjeros fácilmente, pero a fuerza de necesidad trabajan para ellos. Por esa razón, cuando alguno llega en su busca para subir a la montaña a realizar experimentos con la tierra, don Ruarte y los otros no se hacen de rogar para tomar el trabajo.
Al amanecer emprenden el rodeo por el camino de Angualasto; van lento bordeando la hondonada, siempre del lado derecho. La travesía es cansina y trabajosa porque se empina la altura de tal forma que hasta los animales al cabo de un rato se apunan.
Cuando llegó vivo él que aquí se tumba en el suelo, hizo todo como corresponde: Buscó a los muleros, hizo el trato, les entregó el dinero; al otro día muy temprano todos partieron montaña adentro.
Don Ruarte sabe del manejo y cuando el caballo por primera vez se espantó y no quiso pasar por el estrecho que lleva a la cuesta del viento respetó al animal, porque supo comprender que era el miedo el que lo había afectado. Hizo bien el bicho, hizo bien don Ruarte, pero el extranjero se burló de los procedimientos cuidadosos y emprendió en su mula contra toda advertencia que versaba claramente sobre la imposibilidad de hacerlo. Los muleros ni siquiera miraron para donde el hombre se empecinó en acomodar la mula. La primera corcoveada del animal lo botó al suelo y de allí se levantó blasfemando y maldiciendo la tierra que nada había hecho. Los muleros apenas si lo atendieron y siguieron el curso de la contratación hecha de antemano como quien sigue a una mula.



IV-
Cuando la noche comenzó a avecinarse detuvieron la marcha. Algo hablaron por primera vez en el día y decidieron prender el fuego. El extranjero hablaba el idioma de los arrieros y formuló una pregunta a la que sólo uno de ellos respondió con un encogimiento de hombros. Prepararon el fuego, desvistieron las mulas y arrojaron todas las pertenencias al suelo.
Las llamas ardían intensas cuando debatieron el asunto de la espantada y la caída del extranjero al suelo. Cada cual dio su parecer, pero todos coincidieron en que era más que provechoso atender las indicaciones de las bestias.
  Los animales son perceptivos y siempre andan en profundo silencio, eso los convierte en sabios indefensos. Además, ya se sabe que este sitio es mío; y yo no permito que nadie pase por algunos lugares aunque pida permiso.
La casa de los muleros es hogar sencillo, de barro blanqueado y techo de barro, allí sus mujeres esperan el regreso pacientemente y manejan el dinero que ellos traen desde lejos. Ellas les proporcionaron un charqui y una bolsa de higos para cada uno. De esa porción le compartieron al extranjero para que no se quede mirando, porque, a poco saber de campo, no ha traído más que sus aparatos para escudriñar la tierra. Uno de ellos apagó el fuego con un puñado de tierra y dieron por cerrado el conversatorio.
Los pellones les sirvieron de almohadas y las mantas de sustento contra la helada que a la madrugada caería indefectible. El sol los despertó a todos de un solo rayo. Prepararon el desayuno y con parsimoniosos movimientos fueron acomodando una a una las pertenencias. Uno de ellos se agregó tarea e hizo la parte del extranjero por no juzgarlo diestro para la tarea del aparejo.
La partida casi no se notó de silenciosa que se hizo. El destino es tozudo, esta vez el extranjero volvió a trasponer el paso apuradamente. Los muleros le advirtieron en la conversación de la noche que eso no podía hacerlo bajo apercibimiento. Nuevamente se burló del saber de los animales y no atendió la esquivada de la bestia que venía al galope. Don Ruarte lo miró firmemente y le cedió la delantera del grupo.
La tarde de ese día me encontró cansada como el día del desvanecimiento sobre el tesoro. En una aparición dancé un baile ritual de antigua costumbre y en un descuido le jalé la vida al extranjero y la metí adentro. Los muleros siguieron camino porque tenían el viaje pago. Me  dejaron el encargo porque las mulas no saben desistir de su yugo.
Por fin se divisa el vehículo que viene a buscar al fenecido. Debo retirarme a custodiar el oro de nuestros antepasados.