domingo, 17 de enero de 2016

LA CAUTIVA INVERSA

de febrero a noviembre
con las disculpas del caso


En sus brazos ella era una cautiva. Lo era de él, de su caballo, de todo el malón que venía de vuelta, del marco que en el museo encierra la tela pintada por Della Valle. Ella sigue siendo la cautiva, incluso ahora de nuestra mirada y lo seguirá siendo durante toda la eternidad que dure el deseo de regresar a contemplarla. Diríase que en el horizonte siempre hay una cautiva milagrosa a la espera de ser atrapada. Sus pies cruzados, su cuerpo echado hacia atrás, su forma de posar las manos en su regazo, su desmayo, no traslucen malestar en ella, excepto el vestido de tirantes rasgados que dejan la mitad de su cuerpo descubierto abren la sospecha de que fue raptada de otro mundo. Incómodo para nosotros que la miramos largamente y apreciamos en ella una desnudez que refleja en su piel tantas palabras silenciadas. En cambio, los cuerpos desnudos de ellos en el fragor de la vuelta compactados dentro del malón, no silencian nada, todo lo dicen con sus brazos, sus rostros y sus cabellos al viento. Cada detalle de la imagen suena en el grito que empuñan con las  lanzas en alto y penetran la piel nublada del cielo. Así las cosas, ciento veintitrés años después la mujer sigue siendo esclava de su silencio y ellos de sus griteríos. Los cuerpos desnudos escandalizaron en su momento a los paseantes que miraban la vidriera de la ferretería donde podía verse la obra en la callecita Florida tan bonita.
Hay muchas maneras de leer la imagen, quizá una de ellas sea el hueco, leer por los huecos es una forma de horadar algo, cuando menos el ojo que lee, entonces se perforan las nubes del cuadro y así ellas dejan pasar una luz que llega desde otro lado. Son las nubes las que oscurecen el cielo y dan un techo cierto, aunque oscuro, donde el agua del suelo se refleja. Los caballos galopan, es el agua lo que espeja el suelo donde la cautiva es llevada.  Es difícil de eludir el reflejo en el espejo negro y no es fácil  mirar  la oscuridad de la imagen de Della Valle, que desde sus ojitos citadinos, pintó la escena.
El eterno retorno retuerce las fibras del tiempo y trastoca, con pincel invisible, levemente las cosas, como cuando en el cuadro de la Vuelta del malóN, las nubes rasgadas por las puntas de lanzas fueron abriéndose rápidamente y dejaron paso a los rayos del sol quemante. Por momentos la escena parece ser otra, la cautiva ahora es Milagro, el malón somos todos nosotros y el agua, el agua siempre está. La mujer domina la escena, la del cuadro y la otra que apenas vemos delinearse porque de tan próximos a ella que estamos no podemos despojarnos de los vicios que compungiesen a los ojos. No podremos, no podemos ubicarnos a una distancia que nos permita mirar, como lo hacemos sentados en el banco del Museo Nacional de Bellas Artes donde, a pesar que la iluminación no es buena, el ambiente lo tiene todo para pasar la tarde tratando de comprender.
La cautiva paga el precio de su rebeldía, ha construido una fortaleza, visto y expandido en el territorio lo que otros no vieron, vestido su cuerpo, calzados sus pies, hecha acción colectiva las lanzas. Milagro no se deja atrapar por el malón y acude a las ceremonias de cautiverio liberada, como las otras les entrega su cuerpo y se lleva lo demás consigo. Quien le dijo que una comisaría de mujeres es su casa por un tiempo le hizo un favor desmesurado, un favor histórico que no tiene precio. En adelante no es una heroína, ni una mártir, es una cautiva y esto no hace  más que trenzar la larga lista de mujeres que consuman con su paso la categoría histórica. Si acaso muriera en este mismo momento en su lápida se leería: Aquí yace sin vida el cuerpo de una cautiva.  Una orden de Estado, un allanamiento judicial a su privacidad, han dado la campanada y puesto en cautiverio todo menos su mirada, aunque sus pies quizás sigan pisando ese suelo, pero no su cabello, ni sus ojos, ni sus dichos imprudentes que no dejan de inflamarse en el viento. De Milagro todo ha sido dicho, de su pasado indecente, de su adinerado labrado social, de la caja donde yacía cuando fue descubierta mesiánica, de su potencia para convencer gente, de apropiarse de las oportunidades cada vez que las tiene, del tiempo que puede permanecer sentada en una calle cementada. La mala fama crece a diario, pero a ella no le interesa demasiado porque ya es mítica y ha comprendido que tiene todos los años que le quedan prendados. No hay nada peor que alguien que lo tiene todo dado por perdido o por ganado. Quizás hace bien en ignorar las malas lenguas, porque la otra cautiva, que en el rapto del malón deja ver su piel con el vestido rasgado, no ha recibido mejor trato, ni las opiniones sobre ella han sido menos dañosas. La piel de ambas ha erizado las  lenguas  de  fuego que las han nombrado de tantas maneras hasta igualarlas.
A cierta hora somos todas cautivas aunque el dolor por eso mismo sea desmesurado. Poseídas, prostituidas, apropiadas por el malón, ambas han conseguido conquistar las escenas de los cuadros y nos dan a nosotros, al malón, una razón para que el temor a lo desconocido crezca. En la vuelta del malón de Della Valle es una sola mujer que condensa en su cuerpo la razón del griterío y la hombría desaforada de los indios desatados en su poderío. En el arresto a Milagro la escena con sutiles diferencias se replica, salvo por la salvajada de estar todos los chivos vestidos, pasar a buscarla por su domicilio en coche y anunciar la violencia con un papel escrito. Cada cautiva es un peligro creciente, porque no hay nada peor que una mujer enjaulada, ni pandora más impredecible que una libertad diezmada que condensa a fuego lento su furia. Nomás queda sentarse a orillas del centro a esperar el desenlace que por fuerza será capítulo de libro.
Algo huele a exterminio, a conquista del desierto, a polvo de roca. ¡¡Oh Roca, cuánto y cuánto permaneces, tu potencia masculina no deja de brillar en el fulgor de su estela, ojalá se te hubiera quemado la cunita cuando pequeñito!! No es lo mismo decir conquista del desierto que decir conquista del desierto, el eco de la diferencia aturde al malón que silencioso devora, cual bestia colectiva, su almuerzo dominguero e ignora, en su sórdida indiferencia, los rastros del acabamiento. Tampoco es lo mismo ver el desierto al sur que al norte ni al este que al oeste, este país es demasiado grande y  le cabe la desmesura en todas las partes. Ver a un hombre otear en la Puna, en San Juan, en Neuquén o Buenos Aires y al poco habar con ellos las cosas humanas aparecen, como las distancias inconcebibles de la especie, sólo para integrarse al malón encuentran redes.  El silencio no iguala ninguna mirada, las diferencias se crían a cada paso y claudican en la desesperación por encontrar cositas que nos unifiquen. Es que ya no somos los mismos ni las mismas que fuimos, acaso hemos perdido el parecido de la piel, el rumbo, los ojos, las líneas de las manos que se unían en las plazas y la certeza de lo que queríamos hacer cuando tuviéramos la oportunidad de hacerlo. En cierto punto, aunque no se note, junto a Milagro hemos quedado todo el malón cautivo en el puño cerrado de su mano y lo seguiremos estando hasta que la próxima cautiva nos despabile por un momento del ensueño.

Menos podemos ver desde el calor amordazado del malón el hilito histórico que se tensa, porque aquéllos habían saqueado una iglesia, revoleaban cruces, boleadoras y otras cosas de manera adversa, en cambio ahora todo sigue en su sitio, ni las páginas de los diarios se han movido. En el malón estamos todos deseosos de ver la mujer de pelito lacio escarmentada, porque así queda latente la amenaza del castigo, muerta no le sirve a nadie, tampoco a nosotros, no, no hay que matarla sólo mantenerla en cautiverio, eso hemos deliberado la noche pasada. 


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