viernes, 24 de junio de 2016

TROVA


Escribo para trovar tu momento
Bebe alguien de la piel de la tierra
Unos sorbos de agua,
de sangre,
de tibieza
Y son sus ojos los que encuentran la puerta
Que te libera
niño,   
hombre,
anciano de tu pasado
Por jugar al juego de la conciencia te ves cenizas recayendo en el  paisaje
Y ves la Patagonia entera, hecha tierra hembra,  abandonarse al abrazo del mar para siempre.
No hay piedrita que no te duela,
con cada dolorcito construís la muralla.
Marcas del linde entre esa eternidad que ya no existe y la aurora que ilumina los días inciertos.
Su-tu historia es un día,
un año
un tiempo,
¿quién lo diría?
quién callaría
y un bollo de silencio con todo haría

Ir a buscar tan lejos un adiós interminable,
Para traerlo enredado en el pelo y en los    los    los
Volverás deshojando el silencio, acaso
sin saber,
que  desnudar el tallo servirá de espejo negro a tu alma
que seguirá tiritando de frío.




jueves, 12 de mayo de 2016

jueves, 4 de febrero de 2016

CREACIÓN

Tengo miedo a la creación literaria, soy panicosa por sobre cualquier emoción, sé que la puerta que se abre en cada letra es un abismo, cada palabra un umbral de desorden.  Temo al lenguaje, siento las vibraciones del lenguaje, a veces me penetra, otras soy yo quien juego a seducirlo y casi lo  logro, el peso de la lengua en mi cabeza, el peso de mi lengua castellana entre sus piernas, en mis pensamientos, en mis manos. Temo a la furia de Orfeo en el otro lado de la montaña y a sus amenazas, intuyendo el caos que todo lo desborda, los sueños de los muertos que vivifican los días, las muertes disonantes de cada ser viviente. En el magma de la creación la lava ardiente se derrama y soy la lava y la superficie y el poco de materia que se cristaliza y soy el ojo que mira silente la belleza. Acaso es lava ardiente o es esperma o mi imaginación haciendo una continuidad de parques interminables que me llevan una y otra vez hasta Julio. Quizás los días de claros-oscuros han sido demasiados, quizás la piel que vibra esas sensaciones de sol tostado en la epidermis ya no es mía y el dolor  agigante todas las grietas por las que me cuelo incontinente. Quizás en la oscuridad, que no carece de matices, he visto las fauces del infierno, cual boca abierta que todo lo devora, que nada sacia consumir  todo a su paso, los símbolos los días los vientres y el tiempo: todo, todo de todo. Entonces como en un sueño de éxtasis algo emerge a la superficie, algo se hace costra, cicatriz, horror de belleza que cuando es siniestra duele. Esos ojos de doncellas vírgenes, de pequeños querubines custodian la aurora, insignificante en mi humanidad los miro mirarme y temo. Crear la aurora, crear el sueño, hacer de la superficie porosa una lisa gasa de seda que esconde el dolor de miles de sueños muertos.  Ante los ojos perturbados no se distinguen milagros de anhelos rotos, de amores desgraciados, en cambio es en la creación literaria donde una palabreja al lado de otra formará el cortejo del sentido donde todo puede suceder. Los desvelamientos literarios son más peligrosos que las visiones en la madrugada, porque la letra cual gubia hiere la materia inerte del tiempo y la sutura. Entonces, el amor recorre con su dedo suave la piel del dolor hasta llevarlo poco a poco, en sutil desmayo, al cielo donde todas las palabras son la otra forma, la alquimia medieval de los elíxires, la transformación de cualquier carroña en oro, en muérdago, en piel de hoja seca que no deja de ser el grito absorto de lo que estando vivo sabe atravesar el candil negro y sin ser muerte.


domingo, 17 de enero de 2016

LA CAUTIVA INVERSA

con las disculpas del caso


En sus brazos ella era una cautiva. Lo era de él, de su caballo, de todo el malón que venía de vuelta, del marco que en el museo encierra la tela pintada por Della Valle. Ella sigue siendo la cautiva, incluso ahora de nuestra mirada y lo seguirá siendo durante toda la eternidad que dure el deseo de regresar a contemplarla. Diríase que en el horizonte siempre hay una cautiva milagrosa a la espera de ser atrapada. Sus pies cruzados, su cuerpo echado hacia atrás, su forma de posar las manos en su regazo, su desmayo, no traslucen malestar en ella, excepto el vestido de tirantes rasgados que dejan la mitad de su cuerpo descubierto abren la sospecha de que fue raptada de otro mundo. Incómodo para nosotros que la miramos largamente y apreciamos en ella una desnudez que refleja en su piel tantas palabras silenciadas. En cambio, los cuerpos desnudos de ellos en el fragor de la vuelta compactados dentro del malón, no silencian nada, todo lo dicen con sus brazos, sus rostros y sus cabellos al viento. Cada detalle de la imagen suena en el grito que empuñan con las  lanzas en alto y penetran la piel nublada del cielo. Así las cosas, ciento veintitrés años después la mujer sigue siendo esclava de su silencio y ellos de sus griteríos. Los cuerpos desnudos escandalizaron en su momento a los paseantes que miraban la vidriera de la ferretería donde podía verse la obra en la callecita Florida tan bonita.
Hay muchas maneras de leer la imagen, quizá una de ellas sea el hueco, leer por los huecos es una forma de horadar algo, cuando menos el ojo que lee, entonces se perforan las nubes del cuadro y así ellas dejan pasar una luz que llega desde otro lado. Son las nubes las que oscurecen el cielo y dan un techo cierto, aunque oscuro, donde el agua del suelo se refleja. Los caballos galopan, es el agua lo que espeja el suelo donde la cautiva es llevada.  Es difícil de eludir el reflejo en el espejo negro y no es fácil  mirar  la oscuridad de la imagen de Della Valle, que desde sus ojitos citadinos, pintó la escena.
El eterno retorno retuerce las fibras del tiempo y trastoca, con pincel invisible, levemente las cosas, como cuando en el cuadro de la Vuelta del malóN, las nubes rasgadas por las puntas de lanzas fueron abriéndose rápidamente y dejaron paso a los rayos del sol quemante. Por momentos la escena parece ser otra, la cautiva ahora es Milagro, el malón somos todos nosotros y el agua, el agua siempre está. La mujer domina la escena, la del cuadro y la otra que apenas vemos delinearse porque de tan próximos a ella que estamos no podemos despojarnos de los vicios que compungiesen a los ojos. No podremos, no podemos ubicarnos a una distancia que nos permita mirar, como lo hacemos sentados en el banco del Museo Nacional de Bellas Artes donde, a pesar que la iluminación no es buena, el ambiente lo tiene todo para pasar la tarde tratando de comprender.
La cautiva paga el precio de su rebeldía, ha construido una fortaleza, visto y expandido en el territorio lo que otros no vieron, vestido su cuerpo, calzados sus pies, hecha acción colectiva las lanzas. Milagro no se deja atrapar por el malón y acude a las ceremonias de cautiverio liberada, como las otras les entrega su cuerpo y se lleva lo demás consigo. Quien le dijo que una comisaría de mujeres es su casa por un tiempo le hizo un favor desmesurado, un favor histórico que no tiene precio. En adelante no es una heroína, ni una mártir, es una cautiva y esto no hace  más que trenzar la larga lista de mujeres que consuman con su paso la categoría histórica. Si acaso muriera en este mismo momento en su lápida se leería: Aquí yace sin vida el cuerpo de una cautiva.  Una orden de Estado, un allanamiento judicial a su privacidad, han dado la campanada y puesto en cautiverio todo menos su mirada, aunque sus pies quizás sigan pisando ese suelo, pero no su cabello, ni sus ojos, ni sus dichos imprudentes que no dejan de inflamarse en el viento. De Milagro todo ha sido dicho, de su pasado indecente, de su adinerado labrado social, de la caja donde yacía cuando fue descubierta mesiánica, de su potencia para convencer gente, de apropiarse de las oportunidades cada vez que las tiene, del tiempo que puede permanecer sentada en una calle cementada. La mala fama crece a diario, pero a ella no le interesa demasiado porque ya es mítica y ha comprendido que tiene todos los años que le quedan prendados. No hay nada peor que alguien que lo tiene todo dado por perdido o por ganado. Quizás hace bien en ignorar las malas lenguas, porque la otra cautiva, que en el rapto del malón deja ver su piel con el vestido rasgado, no ha recibido mejor trato, ni las opiniones sobre ella han sido menos dañosas. La piel de ambas ha erizado las  lenguas  de  fuego que las han nombrado de tantas maneras hasta igualarlas.
A cierta hora somos todas cautivas aunque el dolor por eso mismo sea desmesurado. Poseídas, prostituidas, apropiadas por el malón, ambas han conseguido conquistar las escenas de los cuadros y nos dan a nosotros, al malón, una razón para que el temor a lo desconocido crezca. En la vuelta del malón de Della Valle es una sola mujer que condensa en su cuerpo la razón del griterío y la hombría desaforada de los indios desatados en su poderío. En el arresto a Milagro la escena con sutiles diferencias se replica, salvo por la salvajada de estar todos los chivos vestidos, pasar a buscarla por su domicilio en coche y anunciar la violencia con un papel escrito. Cada cautiva es un peligro creciente, porque no hay nada peor que una mujer enjaulada, ni pandora más impredecible que una libertad diezmada que condensa a fuego lento su furia. Nomás queda sentarse a orillas del centro a esperar el desenlace que por fuerza será capítulo de libro.
Algo huele a exterminio, a conquista del desierto, a polvo de roca. ¡¡Oh Roca, cuánto y cuánto permaneces, tu potencia masculina no deja de brillar en el fulgor de su estela, ojalá se te hubiera quemado la cunita cuando pequeñito!! No es lo mismo decir conquista del desierto que decir conquista del desierto, el eco de la diferencia aturde al malón que silencioso devora, cual bestia colectiva, su almuerzo dominguero e ignora, en su sórdida indiferencia, los rastros del acabamiento. Tampoco es lo mismo ver el desierto al sur que al norte ni al este que al oeste, este país es demasiado grande y  le cabe la desmesura en todas las partes. Ver a un hombre otear en la Puna, en San Juan, en Neuquén o Buenos Aires y al poco habar con ellos las cosas humanas aparecen, como las distancias inconcebibles de la especie, sólo para integrarse al malón encuentran redes.  El silencio no iguala ninguna mirada, las diferencias se crían a cada paso y claudican en la desesperación por encontrar cositas que nos unifiquen. Es que ya no somos los mismos ni las mismas que fuimos, acaso hemos perdido el parecido de la piel, el rumbo, los ojos, las líneas de las manos que se unían en las plazas y la certeza de lo que queríamos hacer cuando tuviéramos la oportunidad de hacerlo. En cierto punto, aunque no se note, junto a Milagro hemos quedado todo el malón cautivo en el puño cerrado de su mano y lo seguiremos estando hasta que la próxima cautiva nos despabile por un momento del ensueño.

Menos podemos ver desde el calor amordazado del malón el hilito histórico que se tensa, porque aquéllos habían saqueado una iglesia, revoleaban cruces, boleadoras y otras cosas de manera adversa, en cambio ahora todo sigue en su sitio, ni las páginas de los diarios se han movido. En el malón estamos todos deseosos de ver la mujer de pelito lacio escarmentada, porque así queda latente la amenaza del castigo, muerta no le sirve a nadie, tampoco a nosotros, no, no hay que matarla sólo mantenerla en cautiverio, eso hemos deliberado la noche pasada.